Aquél, aquel que, aquel en el cual

Juan Leyva

En años recientes la Real Academia y la Asociación de Academias de la Lengua Española han insistido en algunas reformas acentuales y toda una serie más de orden ortográfico. Para los pronombres demostrativos, por ejemplo, han reiterado el criterio de no acentuarlos, salvo excepciones no siempre claras.

Los demostrativos de las lenguas romances provienen del latín (hic, iste, ille= éste, ése, aquél), sin que pueda hablarse de traducción o etimología precisa, sino de equivalencias, analogías y simplificaciones construidas a lo largo de siglos: éste, cercano al hablante; ése, próximo al escucha; aquél, lejano de ambos. El mismo proceso tuvo lugar para los artículos, y durante mucho tiempo, a ojos de los preceptistas, ello no era más que una bárbara deturpación del latín. La vida de toda lengua es un equilibrio entre norma e innovación, pero a pesar de que por fin la RAE ─como suele decirse─ ha dejado atrás el siglo XVIII, todavía hoy algunos exageran los cuidados para una lengua que en su momento habrían descalificado.

Los demostrativos ayudan a situar al hablante y su interlocutor ante el espacio y el tiempo de manera sintética y sin volver a nombrar o describir los objetos presentes en torno a la charla, ni las coordenadas temporales, ni tampoco las personas ya referidas. Tales funciones sintácticas se llaman deixis y anáfora (la catáfora alude a lo que está por decirse).

Así, éste y aquél se constituyeron en opuestos fundamentales, con ése como deíctico intermedio. Sin embargo, la situación de aquél en español guarda un matiz particular, porque, llamado a convertirse en él aun en función demostrativa, no pudo seguir la ruta de sus hermanos. Aquel debía designar a el de aquí, el de cerca (ecce+ille, acco+ille), pero el proceso de simplificación había adelantado la forma él como denominador de una entidad vecina o muy próxima y, en vez de la reducción a él también en función demostrativa, se llegó con aquél a un necesario matiz que designara a el de allá, es decir, un tercero que no forma parte del diálogo entre el yo y el tú, aunque en situación un poco más remota que él.

Dado que las palabras pueden desempeñar funciones distintas, el habla posee recursos para indicar la diferencia. Los demostrativos, por ejemplo, de su clara y natural acentuación prosódica pasan a una muy tenue cuando el énfasis no recae sobre sí mismos, sino en el nombre o la frase nominal que introducen y determinan (ya como adjetivos). Quizá en parte por ello durante una época las academias de la lengua regularon su acentuación escrita cuando cumplían función de pronombres, y vedaron la de adjetivos: “el primer vaso estaba lleno de vino; el segundo, de agua; aquél era translúcido, éste, de cobre. Este vaso, en cambio, es de aluminio y no lo uso”.

Aun así desde 1952 la RAE venía sugiriendo la anulación de acentos en ambas posiciones, si bien el Esbozo de 1983 los conserva para la demostrativa. Con todo, luego de muchas reticencias, en la Ortografía de 1999 y aun más en la de 2010 señaló la conveniencia (y casi obligación) de omitir este acento diacrítico mientras no hubiera lugar a confusión (el mismo argumento de 1952, ya que por su estructura los demostrativos no admitirían acento gráfico). Las academias de América Latina, Estados Unidos y Filipinas suscribieron el acuerdo, aunque la supresión del acento diacrítico en ese y otros casos ni siquiera en España ha dejado de suscitar polémicas y aun protestas de escritores y periodistas. Uno de los problemas, ciertamente, es quién decide si existe o no confusión cuando falta el acento, y a fin de evitar al lector innecesarios dilemas algunos conservan la cortesía de marcarlo (ése es, por cierto, el criterio editorial del IISUE).

En el fondo, la RAE tiene un delicado papel: recomienda y a veces dicta normas, pero eso la lleva a una coherencia difícil de mantener y a una consistencia forzada en unos casos e inexistente en otros. De ahí sus contradicciones e incluso errores prescriptivos, no sólo en el caso de acentos, sino de mayúsculas y puntuación, para no hablar de morfología y sintaxis, sobre las que a menudo recibe también críticas severas.

La función demostrativa de aquél (=el de allá) o adjetiva de aquel (=aquel que te digo, aquel policía) se distingue fácilmente cuando el pronombre se convierte en adjetivo, es decir, modificador de un nombre o sustantivo y no sustituto de éstos; pero la distinción puede ser difícil cuando, en vez de ir como adjetivo (adjunto a un sustantivo), el demostrativo deja de serlo para convertirse en introductor de una frase adjetiva de relativo (aquel que, aquel en que, aquella en que), donde la frase introducida modifica, a su vez, a un nombre o un sustantivo. En la expresión “la cultura a la que aspiramos es aquella en la cual los individuos y las comunidades…”, el segmento aquella en la cual es equivalente a aquella que o aquella cuyos…, donde aquella no ocupa el lugar de cultura, sino que introduce una frase para una forma específica de cultura, y por eso no funciona como pronombre, sino como determinativo de en la cual.

Dicho de otro modo, si en la frase pantalón verde” el adjetivo modifica al pantalón (determina la extensión de su significado), de manera que resulta no cualquier pantalón sino específicamente el de ese tinte, no siempre se puede modificar al pantalón con una sola palabra (un adjetivo), y entonces la modificación requiere una oración (un pantalón que usabas entonces, aquel que se parecía a los bosques…; el cual evocaba…; el que evocaba…; en el que se podía apreciar la tonalidad…; aquel en el que se podía…). Aquel que y el cual se refieren a un pantalón de una característica específica, y la oración subordinada de relativo tiene una función modificadora o adjetiva donde ─por debilitación tónica y por analogía con la función adjetiva del pronombre cuando se halla ante el nombre y no sustituyéndolo─ los determinativos no se acentúan, pues la función pronominal está siendo cumplida por un “que”, pronombre relativo al cual antecede: la palabra que sustituye al nombre y entonces aquél deviene aquel (adjetivo sin acento) en modificación del que siguiente, o el cual o en el que o en el cual.

Más información en Juan Alcina y José Manuel Blecua, Gramática española, Barcelona, Ariel, 1975, §§ 3.4.0.2. y 8.1.2.1(3); Manuel Alvar y Bernard Pottier, Morfología histórica del español, Madrid, Gredos, 1987, §§ 81-88.2; Andrés Bello, Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, París, Roger y Chervoviz, 1905 (9ª ed. anotada por Rufino José Cuervo), §§ 254 y ss., 345-347, 1056, 1076-1077 y nn. 54a-b y 66; Samuel Gili y Gaya, Curso superior de sintaxis española, Madrid, Vox, 1980, §§ 231 y 234; Ramón Menéndez Pidal, Manual de gramática histórica española, Madrid, Espasa-Calpe, 1989, §§ 98-100; Real Academia Española, Esbozo de una nueva gramática, Madrid, Espasa-Calpe, 1983, §§ 2.6.4f y 3.20.7a-b; idem, Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 1999, § 4.6.2; Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario panhispánico de dudas, Madrid, Santillana, 2005, § 3.2.1; idem, Nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa, 2009, §§ 22.3a-c, 25.10m-n y 44.3e, e idem, Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010, § 3.4.3.3.

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