Dylan y el Nobel

Juan Leyva

Al cierre de esta edición, Dylan no había hecho declaración alguna sobre el Nobel ni siquiera a la academia sueca, con la que finalmente se comunicó el viernes 28 de octubre para aceptar el premio.

¿Es Dylan literatura? Un cantante ─dirán quienes no acepten la metonimia o la sinécdoque o la elipsis, o la figura retórica que se quiera para darle a la pregunta el significado de “¿lo que escribe y canta Dylan es literatura?”.

Y ahí empieza todo, porque si no aceptamos o no entendemos la pregunta, tampoco su sentido figurado; y todo sentido figurado incursiona en la literariedad, lo específico del hecho literario, que no se limita al texto, sino que se sitúa en una zona intermedia entre aquél y su interpretación.

Porque ningún texto existe sólo en la dimensión literal o denotativa, sino también en la connotativa, donde se despliega el cúmulo de sentidos que hace posible la resonancia estética. La connotación depende de que el público la practique, es decir, la acepte y la ponga en juego frente a un texto. Un informe forense o un manual son, sobre todo, denotativos; un relato o un poema, connotativos desde las primeras frases.

Ya en la edad ateniense se hablaba del texto literario en relación con la realidad, de la representación de lo real, de la mímesis y, por tanto, de la ficción. Pero en “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges muestra la enorme dificultad de distinguir entre ficción y realidad, y no faltó quien creyera que, en verdad, ese relato ─pese a estar en un libro denominado Ficciones─ era un ensayo y Menard existía y había intentado, como el personaje, reescribir el Quijote palabra por palabra, tal como exactamente lo había escrito Cervantes, pero sin copiarlo. (Tampoco faltó un día quien creyera que José Emilio Pacheco estaba hablando de un verdadero poeta mexicano excepcional prácticamente desconocido y cuyo esplendor había tenido lugar en los sesentas: algunos lectores salieron corriendo a buscar sus libros, para sólo enterarse, ofendidos, de que era otra de las parábolas inventadas por Pacheco para referirse a los vicios del medio literario mexicano.)

Al presentarse como un ensayo ficticio, con la retórica del ensayo pero sin que sean en absoluto ciertas ni sus referencias eruditas ni casi nada de lo que dice, el texto de Borges cuestiona la recepción y, por lo mismo, incursiona en la problemática de la literariedad. Esa disolución de las fronteras y las identidades resulta ser la esencia de la posmodernidad (como gusta a las trasnacionales). Tal vez por eso hoy día el mundo académico ha avanzado en materia de simulación: un estudiante entrega un trabajo de otro firmado por él mismo y más tarde presenta una tesis que no escribió, o un “autor” plagia y presenta ideas y textos ajenos como propios e inventa, incluso, libros enteros con la técnica del corta y pega o hacemos equipo y yo sólo firmo, o un “teórico” apenas si entiende el fondo y las motivaciones de la teoría que dice dominar. Muy posmodernos.

La música ha acompañado casi siempre a la poesía, aunque ya en tiempos de Platón un sector del público se quejaba de ello, y acusaba a los poetas de extraviarse en la melodía y la inspiración, en vez de atenerse al rigor del discurso. La poesía ha sido, la mayor parte del tiempo, no sólo intimista, meditativa y solitaria, sino un espectáculo. Y tal vez sea y siga siendo, en buena parte, un espectáculo, al contrario de lo que piensan, por ejemplo, Martínez (“Bob Dylan es un espectáculo…”) y González Torres (“Bob Dylan: carisma…“) y, con ellos, muchos más.

Aunque Dylan no ha dicho nada sobre la decisión de otorgarle el Nobel de literatura, aquélla ha desatado polémica y le ha generado hasta burlas e insultos. No sabemos si aceptará el premio ni la academia sueca ha podido siquiera hablar con él, pero sí podemos decir que las canciones de Dylan son poesía, aunque coincidamos con Soler en que se trata de poemas sin cuajar o que les falta cocción o cocinado, desde el punto de vista de su existencia meramente textual. Pero, ¿no ocurre lo mismo a veces con Pessoa, o Lorca o Hölderlin?

Pessoa ─un maestro de la indeterminación, la movilidad, el cuestionamiento de la identidad, un emperador de la libertad y el capricho, de la retórica del desenfado─ parece todo el tiempo dejar sus poemas a medio terminar. Un genio del no me molesten, ni siquiera esto que aprecio tanto (la poesía) es más importante que tirarse al sol o irse enseguida a otra parte; o del éste que ustedes ven no es el que ustedes ven. Por su parte, Dylan tiene siempre un pie en el estribo, se resiste a toda fijeza. Quizá por ello decidió escribir canciones en vez de poemas. Y porque quería hablarle a muchos. Su poesía es para cantarse, y no se congela en la plana de la página, sino que se despliega en voces: tonos, síncopas y alargamientos de sílabas, estribillos, sonoridades acentuadas por la instrumentación, grito; todo aquello que la poesía escrita sugiere pero evita porque se concentra en correlaciones que sólo se establecen dentro de su combinación de signos gráficos.

Dylan, como Pessoa, se resiste a la fijeza, pero a su modo. Cuando se casó con Sara Lownds (madre de cuatro de sus hijos), afirmó, a los pocos días, a una periodista, que no era verdad. Podemos imaginar la riña en casa. A capa y espada, se resiste a ser encasillado e incluso ha cambiado de credo religioso, así como abandonó la canción de protesta o de corte político. Volátil por definición, se aferra a algo aun más volátil: el dogma. Pero regresa a lo concreto y, sobre todo, al cuestionamiento.

En julio de 1975, en la crisis final de su relación con Sara, Dylan hizo una repentina aparición nocturna en The Other End ─un café-bar de Greenwich Village, al suroeste de Manhathan. Se dice que Dylan, vecino del barrio, fue ahí luego de alguna de las sesiones de grabación de Desire, el disco que saldría meses después y del que, a última hora, decidió excluir la canción “Abandoned Love”, que no aparecería hasta 1985 en Biograph, aunque luego se hayan publicado ediciones con las piezas excluidas.

Esa noche, la persona que grababa el concierto de Ramblin’ Jack Elliott estaba por irse cuando, al ver a Dylan, decidió esperar. Gracias a ello tenemos la canción tal como Dylan la pensaba y sentía en esos días difíciles, de los que “Sara”, otra pieza del álbum, es testimonio.

La versión en vivo de Abandoned Love posee algunas variantes respecto a la de estudio, entre ellas, los primeros tres versos de una cuarteta (dos pares de dísticos) que hubieran desaparecido para siempre:

En vivo (The Other End):

“I can’t play the game no more, I can’t abide/ by their stupid rules which get me sick inside/ they’ve been made by men who’ve given up the search/ whose gods are dead and whose queens are in the church”.

Estudio (Biograph):

“I’ve given up the game, I’ve got to leave/ the pot of gold it’s only make-believe/ the treasure can’t be found by men who search/ whose gods are dead and whose queens are in the church”.

Las líneas sustituidas hablan del espíritu de Dylan, su resistencia a reglas que lo enferman, a seguir juegos cuestionables y gobernados por hombres que han abandonado la búsqueda (¿religiosa?). La canción también habla, poco más adelante, de que su cabeza le indica la hora de un cambio, aunque su corazón le impida decidir.

Desde siempre la lírica se ha concentrado en las crisis de identidad, en la continua y problemática autoconstrucción del ser, y por eso a menudo los poemas quedan inconclusos o abandonados para dar paso a otros, para enfrentar nuevos problemas y nuevas soluciones. La obra de Hölderlin ─grande entre los grandes─ era un cúmulo de borradores y versiones hasta su edición en 1916 por un crítico literario. El Poeta en Nueva York, de Lorca, sigue rompiendo la cabeza de editores, pues no sólo hay dos originales, sino que en ambos proliferan variantes y anotaciones de última hora.

Dylan emprende una y otra vez la búsqueda y el camino: está en gira permanente desde los ochentas; todas sus canciones parecen guiadas por una urgencia y una marcha continua, como la de los cantantes folclóricos de quienes toma enseñanzas desde que abandona la casa paterna en la adolescencia, y que recorrían Estados Unidos a la manera de los juglares medievales (también acompañados por instrumentos) y los aedos y rapsodas de la era clásica, entre los siglos XII y VI antes de nuestra era, porque la búsqueda debe continuar y la poesía es performativa y no sólo de escritorio y soledad.

En 1982 Johnson (The Idea of Lyric…) llevó a cabo una tan curiosa cuanto notable revisión estadística, y descubrió que, a medida que la poesía lírica se acercaba a la modernidad, la desaparición del yo en los textos, y del tú (individual o colectivo) al que solía dirigirse va creciendo hasta desembocar en su casi cabal ausencia en la poesía simbolista, con Mallarmé como su paradigma. Se va abriendo paso, así, a una voz que habla para sí misma o para nadie, a lo que denomina poesía meditativa (sugerida por González Torres como la poesía, al cuestionar que Dylan se dirija a las multitudes). Pero ─observa Johnson─ justo ése viene a ser un indicio de la crisis de la poesía, de su aislamiento, de la inseguridad del poeta respecto a la validez e importancia de lo que hace y, claro, también de los efectos de su quehacer.

Muchos poetas de hoy ─por críticos que sean─ resultan inocuos para una de las tareas importantes de la cultura: la crítica y transformación del ser (y, con ello, de la sociedad), pues son poco leídos, ya sea porque casi nadie los conoce o porque son herméticos o no se los comprende. El rock es un espectáculo y un negocio y tiene, como tal, sus inconvenientes. Por ejemplo, en la interpretación en vivo de “Abandoned Love” el público aplaude y ríe en dos momentos, uno de ellos cuando Dylan canta el verso donde dice que ella es extraña pero aun así la ama. Se trata de un verso que despierta la inquietud ─a veces misógina─ ante la otredad, una reacción espontánea y común ─incluso superficial─, pero ello no disminuye en nada el autocuestionamiento del yo frente al ser amado que la canción entraña. Tal vez nunca la oigamos en su mayor profundidad, tal vez un día la redescubramos, pero así ocurre también con los poemas: pueden pasar años y años antes de descubrir su mayor calado.

En la modernidad, el escritor ha perdido la confianza, deja de saber quién es y a quién y para qué hablarle, aunque, en sus mejores momentos, se recupera. Pocas veces puede verse a alguien con la autoconfianza que tuvo Dylan desde sus primeros años, pero también, a alguien más autocrítico. Si hubiera querido ser poeta al modo más aceptado, lo habría sido, pero quiso público y éxito, quiso hablar para muchos, quiso cantar y no sólo escribir, quiso que la voz de la poesía fuera performativa y no sólo se guardara en el silencio de los libros. Si en crisis continua, en última instancia, siempre parece saber quién es y a quién y para qué hablarle. Incluso en su aparente desdén por el público, Dylan está siempre atento a él.

Esa crisis o duda o inseguridad o falta de confianza ─muy bien estudiada por Josipovici (Confianza o sospecha…)─ no tiene un origen único, pero sin duda se relaciona con las estrategias del capital respecto a la cultura. Desde el crecimiento de la burguesía, el arte “bello” ha sido cada vez más confinado a las instituciones que promueven la autoría, la individualidad, el arte como objeto de consumo, desprendido de la vida; y a las universidades y especialistas. En ese contexto, el arte de masas, incluido el pop y el rock, no es muy bien visto, pero interviene en nuestra vida pese a todo (y es, no cabe duda, un gran negocio; tanto como el otro, sólo que más barato y para el gran público).

El escritor, pues, no sólo está aislado por sus decisiones críticas, sino por el lugar al que lo han confinado las instituciones artísticas, el circuito de producción y consumo modelado por el capital, que reduce la crítica y su resonancia al mínimo. Dylan ha sido acusado de venderse al capital, pero la resonancia de sus canciones provino y proviene no sólo de sus habilidades reflexivas, retóricas, musicales e interpretativas ─es decir, no sólo del producto estético en sí, ni de su venta─, sino de a quién y para qué iban y van dirigidas, y cómo fueron y son recibidas: ¿ficción y literatura, o tan sólo un puñado de signos autobiográficos?

En los sesentas, la mayoría de las universidades eran accesibles para los jóvenes estadounidenses, aunque no pudieran pagar por su educación. Hoy día es cada vez más difícil. Fue una decisión: era peligroso tener a todas esas cabezas llenas de energía pensando en cambiar el sistema, pensando en los problemas de todos y no sólo en tener el mejor trabajo a fin de pagar la deuda contraída para estudiar, y en tener “éxito” y consumir. Los grandes empresarios y Washington lo entendieron, y por eso la universidad pública se redujo al mínimo. A ese público transformador se dirige Dylan, y no ha desaparecido, aunque se haya reducido y acallado (sus conciertos se llenan con gente de todas las edades).

La búsqueda del poeta es válida en todo terreno y en ello ─como muestra la poesía mexicana reciente─ no hay ni tiene por qué haber límites; sin embargo, se vuelve instituida y acallada, un tanto retórica e inocua, silenciosa y de escritorio, demasiado formalista y solipsista, demasiado trabajada pero insustancial. ¿Dónde está el equilibrio?

Josipovici termina su libro con un ensayo sobre Wittgenstein, Kafka y Beckett, quien ─como pocos─ anuló la presencia del yo en sus novelas, donde se narra “por órdenes de arriba”, o sea, no escribe nadie ni posee motivación alguna ni se dirige a nadie. Para Josipovici ─a diferencia de los triunfalismos banales de la desconstrucción─ no se trata de la desaparición del autor, sino del tour de force sostenido por Beckett a lo largo de su obra y librado con grandeza en su etapa final, de frente a los máximos desafíos del escritor moderno y posmoderno: no la muerte del autor, sino su restitución crítica aun a costa de su casi cabal anulación, para transformarse en otra clase de autor.

Y engarza aquí Josipovici un párrafo de La gaya ciencia, de Nietzsche, quien soñaba con “otro tipo de arte ─un arte burlón, leve, furtivo, divinamente descuidado, divinamente artificial, como una llama pura que ondula bajo cielos despejados” (Confianza…, 240). Nietzsche no lo logró; sí, a veces, Dylan. No es Beckett, pero Vargas Llosa y Paz tampoco, y recibieron el Nobel.

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  • 30 noviembre, 2016 en 11:23 am
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    Genial!!!!

    Me encanta la profundidad, contundencia, sapiencia y pasión con que el Dr. Leyva escribe y describe a Dylan.

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