Ecdótica o crítica textual

Juan Leyva

Hace años tuve noticias de que algún universitario se había preguntado, en un trabajo académico, sobre los porqués del menguado entusiasmo de la comunidad universitaria por tareas de participación colectiva, especialmente por aquellas que tienen que ver con procesos de gestión, protocolos, normatividad, etcétera. Era en serio. Me hablaron incluso de un coloquio al respecto. Dije que era inútil pues la respuesta estaba a la vista: porque las autoridades atienden muy poco la opinión de la comunidad en temas cruciales, y porque incluso los grupos de la comunidad no se hacen caso unos a otros. De ese modo, puede verse grupos de trabajo, seminarios y otras comunidades académicas que actúan al margen de lo aprendido y sugerido por sus colegas, por bueno o excelente que sea, y aun lo boicotean. Pareciera que para nosotros no existe otra norma que la propia individual (si es que hay alguna). Por añadidura, el tema es uno de los muchos tabúes de nuestra universidad; y, por ello, más difícil de aceptar y modificar.

Eso ocurre, por ejemplo, con las normas editoriales, a las que muy pocos toman en serio. Pero asimismo con casi todo aquello que signifique protocolos, procedimientos, normatividad, etcétera, etcétera. Y la cuestión es prácticamente nacional. De las recientes modificaciones al reglamento de tránsito del Distrito Federal ─por dar un ejemplo extrauniversitario─, hubo muchas quejas, y hasta personas que se ampararon contra el nuevo código. Entre sus argumentos más vigorosos estaba el del “desmesurado” aumento en el costo de las multas. El pensamiento de fondo: quiero tener la oportunidad de seguir violando la ley y los códigos de convivencia armónica, pero si me cuesta tanto ya no podré. Pasamos por encima incluso de aquello que fue hecho en nuestro propio beneficio, como si respetar al otro y cuidarlo no fuera la mejor forma de cuidarnos a nosotros mismos. Todo ello se aprende en la infancia, incluso el “refinamiento” de darle por su lado a los papás a fin de luego obtener algo a cambio. Siempre como si lo menos importante fuera la norma, el acuerdo en beneficio de la mayoría.

Lo mismo ocurre con la crítica textual o ecdótica. En las dos últimas décadas ha surgido en nuestro medio la edición crítica de textos (su disposición erudita y ponderada para publicación), pero igualmente ha proliferado la improvisación en tan delicado trabajo, pese a las múltiples ventajas que tendría seguir un método cuidadoso cuando nos proponemos rescatar un documento y darlo a la luz pública, o actualizar su circulación mediante enfoque nuevo.

La resistencia a apoyarse aunque sea en los métodos más generales de la ecdótica se antoja suicida. Dice Alejandro Higashi ─no sin humor─ que para describir las características de la actitud nacional respecto a la edición crítica de textos podríamos emplear un buen número de mexicanismos: “rascarse con sus propias uñas”, proceder al “aventón”, “aventarse como El Borras”, etcétera, y ─luego de dar las definiciones del Diccionario de mexicanismos añade: “tras el uso lingüístico se esconde un exceso de prácticas realizadas sin calcular ni los medios para alcanzar un objetivo ni sus posibles resultados” (Perfiles para una ecdótica…:  23).

Las consecuencias de esta actitud en la ecdótica o edición crítica (o que debería serlo) de textos son variables, pero siempre negativas. Se da el caso de volúmenes colectivos donde se supone que hay un conjunto de normas para los autores de la edición de cada texto recuperado o rescatado de archivos y bibliotecas, pero en la realidad cada autor o transcriptor-editor distorsiona su parte, ya más ya menos, respecto al conjunto de normas; y también el caso de textos editados por un solo transcriptor-editor sin respetar las normas de transcripción dadas en su propia introducción al volumen.

También es común ver textos donde proliferan los sic únicamente porque el transcriptor-editor no entendió la palabra original o porque no le suena y no quiere consultar el diccionario, o simplemente porque deja pasar las incidencias de la paleografía a la edición propiamente dicha. Es decir, mezcla actividad paleográfica con introducción de criterios gráficos ajenos al original; edita mientras paleografía. Éste es un grave error, ya se trate de documentos únicos o con copia o ejemplares diversos. Y cada vez que toca la transcripción, vuelve a introducir criterios ajenos al documento de partida, cuando debe copiar con toda fidelidad y sólo después, mediante un estudio detenido del documento y sus rasgos, definir cómo presentarlo para la imprenta. Ningún conjunto de normas, por depurado que sea, sustituye la ponderación de un documento antes de editarlo, y éste con frecuencia pide ir más allá de esas normas (y no seguirlas como el tigre que hace ochos en la jaula).

Palabras mal transcritas, errores de copia, intervenciones casuales al usus scribendi, modernizaciones fuera de lugar, corrección de mayúsculas o de puntuación aquí pero no allá, correcciones al estilo verbal de un entorno geográfico e histórico (como cambiar andalucismos por español moderno en un documento emitido por un andaluz de la época colonial, con el argumento de que son errores de transmisión o copia), incapacidad de ver cuál es el codex optimus o copia más cercana a la voluntad del autor, presentación para publicar en el mismo orden documental que se halla alterado en el expediente de archivo pero claramente restituible por el editor “crítico” y, en suma, indiscernibles confusiones entre paleografía, modernización, azar, criterios personales, y edición. Todo ello impide darse siquiera una vaga idea del verdadero estado del original (y, así, también de la edición). Y aun conozco el caso extremo de unas transcriptoras-editoras que habían olvidado si uno de los documentos editados por ellas procedía de una de sus versiones impresas o del original de archivo (que poseían).

Este cúmulo de anomalías se podría evitar si se tuviera el mínimo instrumental ecdótico a la vista, y si los dictaminadores de este tipo de obras se apercibieran de que están dictaminando una edición, y no la validez o importancia de los documentos rescatados, editados y presentados para publicación. Esa importancia casi nunca está en duda; en cambio, sí la manera en que se dispone (o edita) el documento para su publicación. Sin embargo, la relativa novedad de estas prácticas académicas ha tomado por sorpresa a cuerpos colegiados y dictaminadores, que dedican su atención a aspectos de la obra irrelevantes para su publicación. Y hay dictaminadores tan ajenos a la verdadera tarea que les corresponde, que llegan hasta el punto de plagiar textualmente los manuales de ecdótica para argumentar sus opiniones (si es que llegan a detenerse en el aspecto editorial y en la dispositio del texto evaluado).

Pese a tal panorama, la propia UNAM cuenta ya con algunas obras de ecdótica que introducen en la problemática y ofrecen un conjunto de soluciones, muy aparte de los manuales publicados fuera de México en lengua española. Y no sólo hay ya algunos expertos en ecdótica en nuestro país, sino cada vez más estudiantes interesados en la crítica textual. Respecto a ellos, todavía muchos procedimientos académicos van a la zaga.

Seguir la metodología ecdótica nos evitaría, para empezar, la grave confusión entre paleografía y edición, y todos los problemas de disposición del texto que de ella se derivan (y que es una pesadilla revertir si se quiere publicar la obra con un mínimo de corrección). Entre nosotros, el libro más sólido para hacerse con esa metodología es el citado de Higashi, pero el lector puede asomarse también al dedicado a textos literarios, de Díaz: Edición crítica…, o al volumen misceláneo de Clark y colegas: Crítica textual… ; para la importancia de diferenciar cuidadosamente entre paleografía y edición, Godinas, “La paleografía como parte…”, en Estudios de lingüística…

Con ellos y la consulta de manuales como el de Blecua: Manual de crítica…, Orduna: Ecdótica… o Pérez Priego: La edición…, tanto el editor crítico como las casas editoriales se ahorrarían muchos contratiempos y aun la difusión de errores de toda clase en la obra impresa.

La ecdótica o crítica textual provee el instrumental que permite situar adecuadamente un texto no sólo en términos de su contenido, sino de su forma o disposición. Cuando sólo estamos interesados en el contenido y echamos mano de documentos para nutrir nuestra cartera informativa o crítica, es válido no enfocarse en la forma (y sólo hasta cierto punto); pero, en cambio, cuando nuestro propósito es publicar un documento que nos parece valioso más allá de nuestras propias investigaciones, estamos obligados a disponerlo para su publicación estableciendo críticamente la historia del documento en sí y sus posibles copias, a compararlas, a definir cuál es la más auténtica o cercana a la voluntad del autor (o la que debe ser la base para establecer el texto que se va a publicar) y a diferenciar, a plena luz, entre la transcripción y la presentación o disposición para las prensas (incluso cuando se trate de un documento sin copias o versiones distintas), porque entre una y otra ─entre paleografía y edición─ deberemos tomar decisiones gráficas ajenas al original pero relacionadas con las copias o perfectamente justificables desde el punto de vista de la hipótesis de trabajo que hayamos establecido para darle forma publicable al texto recuperado.

Esa hipótesis y los procedimientos que de ella se desprendan deben ser explícitos para el lector y cuidadosamente seguidos en la disposición del texto. De no procederse con cuidado, no podremos hablar de una edición crítica, pero ni siquiera de una edición, porque el resultado de la falta de método no será más que otra copia ─reciente, pero incorrecta─ del documento que se desea exponer a muchos más lectores; y no, desde luego, una edición publicable (por más que se publique).

Filólogo, historiador, lingüista, antropólogo o cualquier especialista afín tienen, frente a la edición de un texto transcrito por ellos, una hipótesis, consistente o no, sobre cómo disponerlo para la imprenta. La ecdótica es el instrumento idóneo para que esa hipótesis sea válida, y sus consecuencias, sólidas. Se entiende que a veces no nos propongamos una edición crítica; lo que no se comprende es que no nos propongamos ni siquiera una edición y, además, la publiquemos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *