Antilambdas (< >) para las referencias de red en obras impresas

Juan Leyva

Por lo general, la bibliografía en torno a edición y estilo tipográfico coincide en que, en obras impresas, las referencias de textos aparecidos en la red mundial (WWW: World Wide Web) se escriban siguiendo la sintaxis de los asientos habituales para otras referencias (autor, título, autor de la obra en que está incluido si no es independiente, título de esta otra obra, lugar, fecha, etcétera), con un agregado muy importante: el de su ubicación electrónica o URL (Uniform Resource Locator: localizador uniforme de recursos), es decir, la secuencia compacta de caracteres que permite situar un documento en la web, y fecha de consulta.

Todos estos datos son fundamentales para la localización de un documento electrónico, pues ─como es sabido─ algunos documentos son objeto de constante revisión o incluso reubicación dentro de la red. No dar el URL equivale a dejar al lector sin acceso al texto citado; no dar la fecha, a arriesgarse a que el documento haya cambiado y que el lector encuentre, en realidad, otra versión donde probablemente no está lo citado o ha sufrido cambios de importancia variable. Por eso, en su edición más reciente, el Chicago Manual of Style, aunque no solicita fecha de consulta, recomienda a los autores archivar una copia del documento con la inscripción de esa fecha (2010: 14.7).

Sin embargo, la anotación del URL ha causado tendencias diversas en el estilo ortotipográfico, y en lengua española aún no está del todo consolidada. Veamos si es posible dar unos pasos hacia allá.

En la tradición anglosajona, algunas fuentes como el manual de Chicago se inclinan por anotar el URL sin ningún signo especial que lo delimite (14.11) y sin la fecha de consulta, que considera, en general, poco relevante, aunque acepta que puede ser necesaria y que hay editoriales que la exigen (14.7). Por tanto, indica una forma de añadir esa fecha como la siguiente:

Enciclopedia Britannica Online, s. v. “Sibellius Jean,” accessed July 19, 2008, http://original.britannica.com/eb/article-9067596,

o bien, en el caso de otro tipo de referencias, abrir con apellido y nombre de autor y luego el resto de la ficha (14.248).

Por su parte, Melissa Walker ─siguiendo a la Modern Language Association of America─ indica escribir la dirección electrónica enseguida del último asiento de la referencia y, como dato final, la fecha de consulta entre paréntesis (Cómo escribir…: 282-284).

El lector puede darse cuenta de que, en obras impresas, si no se resalta de algún modo el URL, uno queda obligado a hacer un esfuerzo extra para distinguir las fuentes electrónicas. A fin de salvar ese obstáculo, algunas editoriales indican enlistarlas aparte, con el inconveniente de que, en vez de que el lector las localice con facilidad en el orden alfabético, tiene que estarlas buscando en distintas secciones de  la bibliografía.

A mi parecer, es muy bueno saber con rapidez, a golpe de vista, si la ficha es de materiales de la red o un impreso de curso habitual, pero las bibliografías seccionadas no son la mejor forma; siempre lo más funcional y fácil es alfabetizarlas en lista única.

La dificultad de distinguir este tipo de referencias se evita con sencillez si, como indica la Real Academia Española o diversos manuales de esta lengua, se usa corchetes (CORDE y CREA), paréntesis (Ortografía) o antilambdas para hacer del URL el bloque compacto que debe ser.

Sin embargo, aunque en su Ortografía de 2010 (4.3.2b) la RAE reconoce esta función de las antilambdas, allí mismo usa paréntesis al enlistar sus fuentes electrónicas, pese a que las antilambdas se usaban en España para los URL desde por lo menos principios de siglo, como lo hace Senz Bueno en 2001 (Normas: 53), o desde al menos 2003 un experto ortotipográfico de la talla de Martínez de Sousa (Libro…: 82).

En México también hace tiempo que se ha optado por las antilambdas para aislar y compactar el URL, si bien su empleo apenas se va formalizando (Mauricio López, Guía…: 2009: 99). Por ejemplo, El Colegio de México todavía no las usaba a principios de siglo en el manual de Ario Garza (que sigue al Chicago Manual… y a la MLA para sus normas), pero indica escribir las iniciales DE (Dirección Electrónica) después de abrir paréntesis, y enseguida la fecha de consulta, el URL y cierre de paréntesis (Normas… 172-173).

Es importante observar, con todo, que el uso de corchetes o paréntesis tiene, a diferencia de las antilambdas, el inconveniente de que aquellos signos ya poseen funciones especializadas en las bibliografías; por ejemplo, los corchetes se usan para incluir en ellos datos hipotéticos u obtenidos en fuentes diversas a la propia fuente que se está anotando (fecha o lugar de impresión). Así, parece preferible echar mano de un signo que se diferencie muy claramente en su uso, como las antilambdas (es inaceptable el uso de corchetes para información que sí está en el volumen, por ejemplo, el hecho de que sea edición facsimilar o sea un inédito).

Queda, pues, clara la necesidad de compactar y aislar el URL, con independencia de la magra utilidad de anotar la fecha de consulta, punto que, no obstante, se debe atender si la casa editora adonde presentamos nuestro original lo solicita. En esa medida, es conveniente seguir la recomendación de archivar en un fólder de nuestra computadora el documento consultado, a fin de tenerlo a la mano cuando se requiera. Y queda claro también que es preferible conservar la especificidad de los signos dentro de la ortotipografía bibliográfica, y optar por nuevos o distintos para casos inéditos.

Lo que no parece necesario es añadir las iniciales para dirección electrónica (DE) ni, como hace Martínez de Sousa (La palabra…; 102), la frase “disponible en” antes del URL ni, de plano, ningún otro signo ni palabra (como “fecha de consulta”, “consultado el”) ni nada más antes de la fecha, excepto cuando se cita una fuente impresa que también ha sido reproducida de manera electrónica: “reproducido en…”.

En suma, basta con anotar la ficha completa y enseguida el URL, sin más transición que una coma (,) y apertura de antilambdas (<), para finalmente anotar el cierre (>) después del URL, enseguida otra coma y la fecha de consulta. Naturalmente, cuando se trata de fuentes electrónicas con su propia fecha de emisión o modificación (como revistas y blogs) se debe poner ese dato temporal al final de toda la ficha de la referencia, tal como en el caso de otras fuentes, pero antes del URL y la fecha de consulta.

En otros casos hay, además de la impresa, no su reproducción, sino una versión electrónica, para lo que procede colocar el URL como se ha dicho:

Garza Mercado Ario, Normas de estilo bibliográfico para ensayos semestrales y tesis: edición electrónica, México, El Colegio de México, 2004, <http://biblio.colmex.mx/diglibrary/normas_estilo/index.html>, 30 de agosto, 2016,

o bien, luego de toda la ficha, el enlace abreviado (siempre y cuando así lo solicite la editorial): <http://tinyurl.com/hpx2yyt>, 30 de agosto, 2016.

De ese modo estaremos indicando ─con claridad y precisión─ todos los datos necesarios para la localización de la fuente y sin signos ni palabras ociosos (ya de por sí toda bibliografía es laboriosísima).

Cabe recordar que hay otros identificadores de documentos en la red, como el DOI (Digital Objet Identifier) o identificador de objeto digital, un número asignado a un documento (libro, artículo), que es una signatura mucho más estable que el URL, es decir, no cambia aunque el documento lo haga de sitio, ni aun cuando pueda ser localizado también por medio de un URL.

En busca de máxima precisión y por respeto a autorías, la Universidad de Chicago, la MLA y la American Psicological Association (APA) han profundizado en cómo referir distintas clases de fuentes electrónicas. Sin duda sus manuales son utilísimos para ver en detalle las modalidades de ficha o formas de escribir las referencias según su tipo, ya sean impresas, electrónicas, inéditas, de archivo, etcétera, pero se debe tener cuidado sobre su pertinencia y propiedad, pues la copia directa da lugar a distintos errores e incluso a soluciones insatisfactorias o incompatibles con la tradición ortotipográfica de lengua española.

Infortunadamente, por molicie o ignorancia, diversas editoriales universitarias y especializadas de esta lengua han adoptado las normas de la MLA o la APA sin adaptarlas correctamente a la sintaxis y puntuación del español, e incluso han perpetrado disparates que, sin rubor, imponen a los autores.

Casi todo en ortotipografía es convención, pero ésta posee una coherencia semiótica y un sistema, siempre inacabado pero con tendencias claras; no siempre visible, pero digno de atención.

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