El arte de la prosa

Juan Leyva

La conciencia o, mejor, la consciencia sobre la voz y el discurso nos llega poco a poco, si bien de vez en cuando experimentamos revelaciones. Éstas pueden darse, por ejemplo, en el teatro o en el debate, o en una conferencia bien pensada, mejor escrita y aun mejor pronunciada, actuada ─diría la retórica─, si por ello entendemos una combinación de prosodia, tono y gestualidad.

Para escribir es preciso encontrar la voz propia y aprender a modularla. Detrás de toda prosa de calidad se halla siempre la voz que hemos aprendido a reconocer y modular, la suma de inteligencia, emoción y ritmos internos que nos da forma.

Una amiga me cuenta que su idea de la voz cambió radicalmente mientras miraba el Prometeo encadenado en uno de esos teatros cortados a pico en la roca tan característicos del mundo griego, que no conoció la argamasa y, por eso, a diferencia del romano, jamás construyó teatros con gradas de arcilla moldeada y piedra, sino recortadas sobre las laderas. Caía el sol cuando Prometeo comenzó uno de sus largos monólogos. El actor esculpía en el aire, con precisión, la ira, el sarcasmo, la ironía, el juicio, la protesta, la amargura, la reflexión, la serenidad y la decepción del héroe. Detrás del escenario, como suele ocurrir en aquellos teatros, el agua del Mediterráneo. Maestría y flexibilidad, respiración, vigor que impedía cualquier monotonía y alimentaba la tensión. De ese modo aconsejaba Cicerón modular la voz en el foro (Acerca del orador, II: § 224-225), mediante ondulaciones y contrastes. Y siempre en un tono apegado al tema. La ronquera final del actor parecía imitar, a un tiempo, la fatiga y la fuerza de Prometeo, su convicción inalienable.

En un discurso semejante predominan la emoción y la subjetividad, porque, aun cuando la rebeldía de Prometeo se nos presenta del todo justificada en las ideas que contiene, la crisis emocional y el enfrentamiento con su destino sobresalen.

En cambio, en una conferencia lo que predomina es la racionalidad, la lógica, la calidad en la exposición de ideas, la coherencia, siempre todavía mejores si son bien dichas. Hay conferencias que no se olvidan: el espectáculo del pensamiento en plenitud.

Y quizá el otro gran secreto para escribir radique en la calidad de nuestra lectura: el placer. Es mucho más sencillo escribir bien si hemos de verdad saboreado una buena prosa, un texto bien armado. Porque aun sin haber estudiado oratoria o retórica o técnicas de escritura, puede que nos suceda lo que a Craso, el personaje de Cicerón, que sin ser litigante ni orador profesional era admiradísimo por sus discursos, gracias a habilidades adquiridas en la lectura: “no por acechar alguna utilidad para el decir, sino por deleite, suelo leer, cuando hay ocio […]: tal como, cuando paseo al sol, aun si por alguna otra causa paseo, siento, sin embargo, que gracias a la naturaleza sucede que tomo color, así, cuando en Miseno (pues en Roma difícilmente se puede) leo con mucho interés esos libros, siento que gracias a su contacto toma color, por así decir, mi discurso” (Acerca…, II: § 60).

En el arte de escribir discursos ─nunca apartado de su actuación, representación o pronunciación en público─ hay todavía otros secretos. Uno de ellos, la elección del modelo de gran autor. Imitarlo o estudiarlo está bien, a condición de que nos conduzca, junto a la propia voz, a la forma más nuestra o auténtica de decir. Al estudiarlo, elíjanse sus cualidades, no sus defectos (Acerca…, II: § 90). Por ejemplo, dice el mismo Cicerón, al referirse a los grandes oradores del mundo clásico: “tuvo suavidad Isócrates, agudeza Lisias, penetración Hispérides, sonoridad Esquines, fuerza Demóstenes […] gravedad el Africano, sosiego Lelio, aspereza Galba, algo fluyente y canoro Carbón” (Acerca…, III: § 28). La celebérrima polémica entre Demóstenes y Esquines en el discurso Sobre la corona queda como una de las máximas grandezas del logos ateniense, un extraordinario ejemplo de lucidez y ejercicio polémico que rezuma lecciones de escritura. Menos brillantes en apariencia, Isócrates y Lisias reunieron, no obstante, muchas plumas entre sus seguidores, luego de su renacimiento en la Edad Media (y aun desde su época).

Asimismo es de gran importancia conocer muy a fondo el tema y el público al que nos vamos a dirigir. La preceptiva académica posee bases sólidas en este terreno, pero uno de los máximos defectos de este tipo obras radica en que, aun conociendo al público, lo descuidan, lo ignoran o lo pierden de vista por completo. Ello nos veda acceso al lector no especializado e incluso a los colegas. Y a veces la situación llega a ser tan grave que, conociendo el tema, ignoramos en cambio cómo expresarlo. Por eso Cicerón decía que no basta saber, sino saber comunicar ese saber (Acerca…, III: § 142-143); y Buffon, que una obra pasará a la posteridad mucho menos por el valor de su contenido que por las excelencias de su forma (Discurso sobre el estilo: 29).

Es preciso, además, conocer a la perfección ─o lo mejor posible─ el género en que se va a escribir. En el mundo académico, la mayoría no conoce a fondo el artículo científico, la tesis o el ensayo. Grave defecto, porque impide incluso dirigir bien una investigación (propia o ajena) y aprovechar como se debe los frutos de las pesquisas y, más tarde, comunicarlos con eficacia. Un conocimiento incompartido o mal comunicado se diluye o es casi inexistente. Si bien se trata de una cuestión multifactorial, detrás de los bajos porcentajes de titulación se encuentra un cuerpo académico impreparado para dirigir investigaciones y, más atrás, enormes dificultades de escritura y, por último, sin duda, de lectura.

Como es bien sabido, para escribir un buen trabajo de investigación se precisa un dominio pleno del estado de la cuestión, es decir, los avances de frontera en nuestro campo de conocimiento. Pero no puede haber una buena investigación si no se basa en un planteamiento claro del problema. Y ello no ocurre si no se problematiza el estado de la cuestión, es decir, si no se examina con rigor qué se ha hecho o descubierto y para qué sirve, en qué ha transformado nuestra disciplina y nuestra vida, tanto en lo teórico como en lo práctico y, por tanto, qué queda por hacerse de acuerdo con nuestras observaciones de la realidad y el intrumental que tenemos para afrontarla. Debemos preguntarnos siempre no sólo por qué no se ha resuelto determinado problema, sino cuál es el costo de esa irresolución y las ventajas de resolverlo (Booth, Colomb y Williams, Cómo convertirse en un hábil investigador: 73). Muchas veces el investigador tiene en mente la utilidad de sus descubrimientos, pero duda en decirla con claridad o no logra la suficiente.

Las partes de una tesis, de un artículo científico, de un ensayo, se indican (casi nunca explicadas) en obras diversas que nos ahorran trabajo en un punto central: la partición u organización segmental o cómo debe ir dividido el texto. Por fortuna, Day explica muy bien cómo debe elaborarse cada una de las partes de un trabajo de investigación, desde la introducción hasta las conclusiones (How to write and publish a scientific paper).

Ahora bien, aunque se trata de un placer distinto al de Craso, en la lectura académica puede encontrarse enorme satisfacción al extraerle a un texto su sustancia en términos de lo que aporta al estado del conocimiento (y si a ello juntamos de vez en cuando lecturas de mero y puro placer, mucho mejor).

Con un método puntual de lectura, extraer esa esencia es muy fácil. Las preguntas claves serían a) qué de nuevo descubre o plantea la obra, b) qué evidencias muestra de su descubrimiento, c) cómo obtuvo esas evidencias desde el punto de vista teórico y práctico, es decir, cuál fue el enfoque teórico-metodológico y en qué ámbito o terreno (documental, experimental, de campo, combinaciones) fueron recogidas, d) con qué instrumentos, e) cuáles son las consecuencias teóricas y prácticas del descubrimiento o nuevo planteamiento y f) qué concluye la obra (Leyva, “Las claves de la excelencia…”).

Son las mismas preguntas que una buena exposición académica debe responder. En sí, ése es ya un modo de organizar la investigación; comunicarla con base en tales preguntas garantiza lo que pide Cicerón respecto al vigor de los vínculos entre el contenido y la forma: calidad de pensamiento-calidad de discurso (Acerca…, III: § 24).

En otra escala ─siempre siguiendo a Cicerón─ se halla el trabajo con el estilo, la buena prosa, la modulación de ideas, emociones, razonamientos, conceptos, información, por medio de una alta factura en la acomodación de las palabras. Desde la Antigüedad, una buena prosa descansa en la claridad, la brevedad y la propiedad; una óptima amalgama de ellas conduce a la elegancia. Según Cicerón, para una prosa así hay que valerse de las palabras de uso común, señalar adecuadamente aquello de que queremos hablar, sin ambigüedades, con corrección sintáctica y gramatical en redondo (Acerca…, III: § 49). Aconseja no excederse en ornamentos: términos floridos, frases melódicas (cadencia, no cercanía con el verso), innovaciones lingüísticas injustificadas o arcaísmos, símiles y metáforas innecesarios, etcétera. El deleite más duradero, dice, emana de la mesura (Acerca…, III: § 100-101).

Al juntar las palabras o acomodarlas en el fraseo, se debe buscar que no tropiecen, es decir, hacerlas fluir en buena colocación: “lo conseguiréis si los finales de las palabras se unen a los principios de las que le siguen de manera que ni ásperamente concurran [por ejemplo, en la cacofonía o en su difícil articulación sucesiva], ni demasiado ampliamente se separen [por ejemplo, que la articulación o la extensión de la cláusula no obliguen a una pausa mayor donde no va, ni las ideas se desconecten]. Después de ese cuidado viene además la cadencia [cómo sube y baja la acentuación, los tonos de cierre y apertura, la respiración, las sílabas cerradas o abiertas] y la forma de las palabras [su contextura gráfico-sonora y conceptual, su propiedad, es decir, su precisión semántica y su linaje]” (Acerca…, III: § 173).

En este mismo orden, para la claridad, vigor y eficacia de lo escrito debemos guiarnos por la respiración o el aliento como metro seguro para la extensión de la cláusula (III: § 181), a partir de una voz media que puede poco a poco elevarse, ondular y bajar, según la intención de cada segmento, pero con tendencia siempre al balance (III: § 224), digamos a un equilibrio de tono y volumen, que viene a ser el más natural o nuestro. Aquí la pausa y la puntuación son fundamentales. No es despreciable, nunca, repasar el valor semántico de la pausa, o sea, el significado de la puntuación.

Por otra parte, hay que saber callar sin ser tácitos y hablar o escribir sin exuberancias inútiles: “debemos configurar nuestro discurso, no sólo con la ejercitación, sino con el punzón [no sólo hablar, sino escribir], el cual máximamente ornamenta y lima tanto a los demás como a éste nuestro […] debemos hacerlo tan sólo para que no se desborde el discurso, para que no divague, para que no se detenga demasiado pronto, para que no se escurra demasiado lejos, para que esté separado en miembros, para que tenga completas sus conversiones [o periodos]” (Acerca…, III: § 190). Pues ─como Cicerón había dicho en la primera parte de la obra─ “el punzón [stilus] es óptimo y prestantísimo forjador y maestro del decir; y no injustamente: pues si al discurso súbito y fortuito fácilmente lo vencen la preparación y la meditación, a estas mismas las superará, sin duda, la escritura asidua y diligente” (I, § 150).

En suma, es fundamental preparar de la mejor manera lo que se va a decir en público, sobre todo si es importante, ¡y mucho más si se va a imprimir!

Ser breve, significa, por ejemplo, no escribir “(véase cuadro núm. 1)”, pues basta “(cuadro 1)”; ser propio y correcto, no escribir “tabla 1”, sino “cuadro 1”, porque “tabla” en español significa otra cosa; tampoco decir, al anotar la fuente de un cuadro o una gráfica, “elaboración propia con base en”, porque todo cuadro, gráfica o figura son de elaboración propia con datos extraídos de la fuente o fuentes. Y cuando se toma un cuadro o gráfica completo de una fuente, debe anotarse “tomado de”, sin modificar en nada el original (a menos que sea necesarísimo y se aclare).

En páginas finales de Acerca del orador Cicerón se refiere a una cierta clase de adornos o figuras de pensamiento y dicción que, afirma, iluminan y amplían el discurso. Ésas son, por ejemplo, la conmoración o volver repetidamente a un punto fundamental, la explanación o repetición de una idea con otras palabras, la brevedad o la irrisión (a ésta dedica varios párrafos del libro II: § 253-289). Destacan, también, la dubitación o duda, la simulación o ironía y la digresión (siempre útil si no se prolonga en exceso y vuelve con puntualidad al tema central). La atenuación, la descripción, la anticipación, el ejemplo, la exclamación, la reiteración, etcétera, etcétera, todas ellas, bien graduadas y empleadas en su máximo rendimiento (pertinencia y precisión) enriquecen y dan fuerza al texto. Le dan, por así decir, brillo y gracia.

Difundir o explicar el conocimiento puede constituir un verdadero placer, y no sólo uno más de los requerimientos de la academia. Forma parte, además, de las tareas obligatorias de la Universidad, y un texto académico bien escrito circula por sí mismo más allá de cualquier territorio especializado, es decir, se divulga solo. Nuestra Universidad vive del erario; no veo un mejor modo de corresponder a la sociedad que le da sustento que ofrecerle a ésta una obra bien hecha y bien escrita. Sin pretextos. Ninguno. No más.

Referencias

-Booth, Wayne C., Gregory G. Colomb y Joseph M. Williams, Cómo convertirse en un hábil investigador, trad. de José A. Álvarez, Barcelona, Gedisa, 2004.

-Buffon, Georges-Louis Leclerc, conde de, Discurso sobre el estilo, trad. de Alí Chumacero, México, UNAM, 2004.

-Cicerón, Marco Tulio, Acerca del orador, 2 vols., trad. de Amparo Gaos, México, UNAM, 1995.

-Day, Robert, How to write and publish a scientific paper, Cambridge, Cambridge University Press, 2005.

-Demóstenes, Sobre la corona, trad. de Carlos Zesati, México, UNAM, 2001.

-Leyva, Juan, “Las claves de la excelencia: investigación, autoría, edición, autocrítica y escritura”, El Correo del Maestro, núm. 229, 2015, pp. 33-45.

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