¿Transcribir o trascribir?

Juan Leyva

En “Las alarmas del doctor Américo Castro” Borges da una severa reprimenda al autor de lo que ve como meras nostalgias imperialistas disfrazadas de filología en el libro de Castro titulado La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico, impreso en Buenos Aires por Losada en 1941. La editorial y Amado Alonso ─el corresponsal en la capital argentina de Castro (que entonces vivía en Estados Unidos)─ fueron hasta cierto punto solidarios con este último e incluso valientes: el tono del libro y sus dificultades metodológicas, así como su marcado autoritarismo, no impidieron su ingreso a las prensas. Sin embargo, la reacción local frente a la áspera desaprobación de cierta habla bonaerense, por lo demás satirizada hasta por los propios argentinos, no se hizo esperar. Quizá el de Borges sea el texto más célebre de aquella polémica. De la dureza de ambas posiciones, resulta revelador que ni Castro ni Borges hayan ajustado o cambiado la propia, pese a algunos retoques a los textos en las ediciones sucesivas. En su momento, Castro incluso escribió a Alonso (de quien finalmente se distanciaría) acerca de la “acción española” en América: una suerte de batalla (la metáfora bélica es suya) en pro de la pureza del español o de imponer su idea de esta lengua a todos los hablantes (Degiovanni y Toscano, 2010: 32).

Menos ingenua o autoritaria, la Real Academia Española de hoy no siempre anda lejos de tales empeños (ni mucho menos la de antes), si bien es cierto que cada vez se esfuerza más en argumentos estrictamente filológicos. Ello no impide, desde luego, que persista en la defensa de algunos presupuestos del todo endebles, como el de un habla abstracta (seguramente peninsular, que tampoco es una sola) que la impele a justificar, por ejemplo, la eliminación de consonantes internas en algunas palabras, vieja tendencia del español peninsular y del habla popular que ya Nebrija defiende en sus textos del siglo XV (por ejemplo en su Gramática…), pero que incluso entonces demostró ser insostenible como criterio único para representar la lengua por escrito, sobre todo cuando se quiere llevar esa representación a extremos que vulneran la etimología y hacen evidente la necesidad de respetarla o de emplearla en funciones diacríticas.

El depósito de algunas sílabas que a los españoles les resulta difícil pronunciar en la cesta del habla general de todo hispanohablante (como hace la RAE en el capítulo de “Correspondencias entre fonemas y grafemas en español” de su más reciente Ortografía: § 6.5.2.2.2) es insostenible. En realidad, ni siquiera puede afirmarse que todo español peninsular no pueda decir, por ejemplo, transparente o transeúnte o transcribir. A mi juicio, se trata de un mero hábito articulatorio que el hablante culto o inculto corrige cuando en verdad quiere; lo más probable es que esas formas de articular tengan que ver con un predominio de la oralidad y la tendencia de ésta a guiarse por sonidos habituales en sus estratos lingüísticos y en su entorno, así como por su afición al tono familiar y afectivo.

Muchos hablantes cultos dicen, por ejemplo, pus o pos en vez de pues, y no ha habido gramático, que yo sepa, al que se le ocurra proponer que así se escriba de modo formal, o irse a fondo y llegar al ’os o p’s. Lo mismo ocurre respecto a mi’mo o mis’o en lugar de mismo.

La tendencia de la RAE a adecuar la norma escrita al modo en que supuestamente la gente habla (pero ¿cuál gente, de dónde?) es uno de sus tópicos más abstractos y discutibles, y por eso se ve orillada a advertir que por razones históricas y etimológicas el ideal de Nebrija no puede cumplirse siempre (ni en esta ni en ninguna lengua) (Ortografía…: § 6).

Por su parte, Moliner ─en otra prueba de su juicio bien temperado─ afirmaba, respecto a la multiplicidad y cruce de criterios que rigen las grafías con trans-, lo siguiente: “quizá sea en vano pretender introducir en esta cuestión una solución uniformadora que ponga fin a tal caos, pero podría serlo […] el respeto a la etimología en la ortografía sin considerar defectuosa la pronunciación simplificada” (Diccionario de uso…, s. v. “trans-”). Nótese que la autora no se escuda en juicios de valor sobre si esa pronunciación relajada viene de lo culto o lo popular, mientras que la RAE valora a unos o a otros, según su interés, la época o el capricho.

De ese modo, la RAE ─a la cabeza de la Asociación de Academias de la Lengua Española─, a propósito de transcribir y trascribir, ha decidido dar un paso más y hacer precisiones un poco mayores que las de la propia Moliner ─si bien con explicaciones y soluciones no ajenas a las de la ilustre zaragozana. Además de señalar que ambas grafías se aceptan por igual, anota que “en el uso culto se sigue prefiriendo la forma que conserva el grupo etimológico -ns-” (Diccionario panhispánico…, s. v. “transcribir”).

Como observara Ramón Menéndez Pidal en su Manual de gramática histórica española ─cuya primera edición data de 1904─, “toda la evolución de las consonantes se determina por su articulación, por su condición de simple, doble o agrupada con otra consonante, y por su posición, ora inicial, ora interior, ora final de palabra” (§ 36).

El autor dedica casi un centenar de páginas a las consonantes; la RAE, 150 del volumen 3 de la Nueva gramática de la lengua española: fonética y fonología. Sobre nuestro objeto, señala: “las consonantes nasales en posición de coda silábica sufren importantes procesos de debilitamiento que modifican sensiblemente las realizaciones de estos segmentos. Existen, por una parte, ARTICULACIONES DEBILITADAS, en las cuales la consonante nasal tiende a reducirse [ⁿ]; se caracterizan por una menor energía articulatoria y por una oclusión alveolar muy tenue o incluso por la ausencia de la consonante” (§ 6.7d).

Luego de precisiones sobre cómo ocurre este fenómeno en los órganos articulatorios, la RAE detalla las formas de articulación de la “n” junto a otras consonantes en posición final de sílaba y observa: “las secuencias /ns/ + consonante, /mn/, /nm/ y /mb/ presentan distintos resultados fonéticos. El grupo [ns] en posición implosiva puede reducirse a [s] ([ns]>[s]), como en [kos.ti.par.se] constiparse o [kos.tar] constar, fenómeno muy general en todo el dominio del español” (§ 6.7m) (caso muy peculiar sería el de transmitir, donde no sólo se daría la tendencia a suprimir la “n” en posición final de sílaba, sino por la secuencia inmediata de una sílaba que comienza con otra nasal: la “m”). La RAE y la AALE, atentas a todo el mundo de habla española ─a diferencia de Menéndez Pidal─, no dejan de señalar aquí y allá no sólo la adscripción geográfica de los fenómenos, sino que se trata de manifestaciones más comunes entre “hablantes de escasa instrucción” o “en el habla informal de personas poco instruidas”.

Así, por su posición en la sílaba y por influencia de ella en la articulación, los casos de -ns-, -pt-, -bs-, -ct-, etcétera, como consonantes internas han tendido históricamente ─sobre todo en España─ a una simplificación que, sin embargo, no siempre ocurre (tras- en vez de trans-, por ejemplo).

Aunque ya en los orígenes del español e incluso desde el latín había cierta tendencia simplificante (casi de seguro reprobada por la gente culta de la antigüedad), y en español se extendió a lo largo de siglos antes de que la Academia estabilizara las grafías en las primeras décadas del siglo XVIII, la tendencia culta a articular con apego a la etimología y la introducción de nuevos términos (o reintroducción de ellos desde la norma culta) hizo imposible establecer como definitiva y general la simplificación. Por ello, el Diccionario de autoridades ─primera ortografía exhaustiva del español─ consigna transcribir y no trascribir, pese a incluir numerosas entradas con tras- y señalar en la de tras- que este prefijo “vale lo mismo que trans”. No sé si alguien en España diga traseúnte, pero hasta ahora las sesiones de la RAE no han salido con la ocurrencia de escribirlo y convertirlo en norma.

El caos al que se refiere Moliner ─real o aparente─ se reduce si observamos con ella que el hablante no simplifica cuando trans- precede a una palabra que empieza con las vocales “e” o “i” (pero “trasijado”). En cambio, sí lo hace cuando el significado de trans- es el de “alterar” o “confundir” (pero “transformar”) y también cuando significa “detrás de” o “tapado por” (pero “transcaucásico”).

A ello debe añadirse que hay casos de palabras que se inician con este prefijo y se escriben supuestamente de las dos formas, como el apuntado transcribir, y que en algunos de ellos el uso más común es el simplificado pero en otros el contrario. Las razones, como ya se dijo, son diversas y cambiantes, y aun, como advierte Moliner, puede que una forma habitual en una época haya dado paso a su contraria (a Cuervo ─§ 816─ le parece que transbordar se oye horrible, pero hoy es quizá la forma más común).

En realidad, trascribir es muy infrecuente incluso en España: una búsqueda en el Corpus de Referencia del Español Actual arroja sólo un caso escrito (en un diario), contra 119 de transcribir (en 89 documentos). En cambio, no hay siquiera un registro escrito de trascribir para el resto del mundo de habla hispana (ya no digamos hablado). Pero lo más notable es que en España tampoco hay en el corpus oral ningún caso de trascribir. Como se sabe, el CREA es un banco de datos elaborado por la RAE entre 1975 y 2004 con base en periódicos, revistas, libros y transcripciones de radio y televisión.

Por su parte el Corpus Diacrónico del Español, de la misma RAE, que reúne ejemplos de todos los siglos ─sin que aparezca transcribir antes de 1745 ni trascribir antes de 1842─, consigna, para España, 17 casos de trascribir (en 14 documentos y 12 autores, casi todos conocidos) y 166 de transcribir en 99 documentos). Trascribir aparece por última vez en 1941, en una obra de Azorín, y nada en el resto de hispanohablantes.

Bien mirado, la RAE observa grados de indeterminación incluso en las tendencias gráficas y el estatuto morfológico (palabra más prefijo o palabra por sí misma) para varios de los términos que comienzan con trans- (Nueva gramática… §§ 10.5e-g y 10.1h). Lo cierto es, pues, que casi toda afirmación que se haga respecto a aquéllas puede chocar frente a un contraargumento o grado de excepción, con independencia de si el significado del prefijo es “a través de”, “pasar de un lado a otro”, “situado del otro lado”, “detrás de o tapado por” o “cambio o trastorno”. Y el comportamiento articulatorio del habla no admite tampoco norma única.

La tentación de acabar con la relativa inestabilidad de semejante situación puede ser grande: en vez de comprender la realidad, resulta más fácil tratar de imponerle una norma, aunque ello sea inviable desde el punto de vista del uso y carezca, hasta hoy, de fundamento teórico e histórico.

A pesar de todo, sin imponer ninguna norma y aceptando cierto grado de indeterminación, en 2010 la RAE (y su grupo amplio, la AALE) propuso en la Ortografía… una síntesis ordenada de la cuestión.

Así, observa que “se usa tras-:/ -Cuando, con el sentido específico de ‘detrás de’, se emplea este prefijo para formar sustantivos que designan el espacio o lugar situado detrás del designado por la palabra base […]. /-Con independencia de su sentido, en las siguientes palabras con vigencia en el uso actual” (aquí la casuística, es decir, lo no generalizable).

Por otro lado, “puede usarse tanto la forma etimológica trans- como la simplificada tras-:/ -Cuando trans- va seguido de consonante, ya que, al estar el grupo -ns- en posición final de sílaba, es frecuente su reducción a -s- también en la pronunciación culta […]. [En el listado inmediato que anota para ilustrar incluye transcribir y trascribir.]/ -Cuando el prefijo trans- se usa para formar derivados en español, aunque la palabra base a la que se una comience por vocal” (de manera absurda, incluye en el listado ilustrativo ¡trans-nacional!).

Finalmente, continúa la RAE, “se usa trans-/ -Cuando el prefijo trans- se une a palabras que comienzan con -s- […] [aquí también debería incluir transcribir]. -En los casos en que esta secuencia va seguida de vocal y no es analizable como prefijo en la lengua actual […]: transacción […], transeúnte, transición […]. En estos casos, al no ir el grupo -ns- en posición final de sílaba, pues cada consonante forma parte de una sílaba distinta […], no existe dificultad articulatoria, razón por la que este grupo no se reduce aquí ni en la pronunciación ni en la escritura” (Ortografía…: § 6.5.2.2.2).

El caso de transcribir no se ajusta del todo a ninguna de las tendencias y quizá por ello mantiene su estatuto de doble grafía, aunque la norma culta prefiera la forma etimológica. Y es que, como ya observara Cuervo (§ 816) y ratifica la RAE (Nueva gramática…: § 10.1h), no es una palabra que se forme con el prefijo más una base de palabra en español, sino que su forma es esencialmente latina (no decimos transescribir, sino que conservamos la raíz latina de scribere).

Ahora bien, los problemas para normar la reducción de consonantes no se limitan al caso -ns- de este prefijo (ni a éste en sí); recuérdese, por ejemplo, costa o consta que, aunque algunos insistan en ahorrarse la -n-, no son de ninguna manera lo mismo. Y así podríamos seguir.

Cuando se quiere establecer normas llevados por el sentido de la economía y la simplificación sin atender el verdadero comportamiento de la lengua puede caerse en atentados al uso o en errores gramaticales diversos que es mucho mejor ahorrarse.

En el prólogo al Elogio de la sombra ─28 años después de la polémica con Castro─ Borges vuelve a la carga y anota: “deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo” (Obra poética: 317).

Una cosa es hablar por casa y en pantuflos y otra el linaje formal de la lengua; ambas tienen poderosas y justificadísimas razones para sus tendencias, pero no siempre son compatibles, de otro modo dejarían de existir y se fundirían en una sola.


Referencias

  • Borges, Jorge Luis, Obra poética, 1923-1977, Madrid, Alianza/Emecé, 1981.
  • Borges, Jorge Luis, “Las alarmas del doctor Américo Castro”, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé, 1960, pp. 43-49 (1ª. ed.: Losada, 1941).
  • Cuervo, Rufino José, Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano: con frecuente referencia al de los países de Hispano-América, París, Roger y Chervoviz, 1907.
  • Degiovanni, Fernando y Guillermo Toscano, “‘Las alarmas del doctor Américo Castro’: institucionalización filológica y autoridad disciplinaria”, Variaciones Borges, núm. 30, 2010, pp. 4-41.
  • Menéndez Pidal, Ramón, Manual de gramática histórica española, Madrid, Espasa-Calpe, 1989 (1ª. ed.: 1904).
  • Moliner, María, Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 2 vols., 1984.
  • Nebrija, Elio Antonio, de, Gramática de la lengua castellana, ed. de Antonio Quilis, Madrid, Nacional, 1984 (1a. ed.: 1492).
  • Real Academia Española, Banco de datos CORDE: Corpus Diacrónico del Español, <http://www.rae.es>.
  • Real Academia Española, Banco de datos CREA: Corpus de Referencia del Español Actual, <http://www.rae.es>.
  • Real Academia Española, Diccionario de autoridades, 3 vols., Madrid, Gredos, 1990 (ed. facs. de la de la RAE, Madrid, 6 vols., 1726-1739).
  • Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario panhispánico de dudas, Madrid, Santillana, 2005.
  • Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa, 3 vols., 2009-2011.
  • Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.

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