Uso de “mismo que” y “la misma”

Juan Leyva

El Diccionario panhispánico de dudas (s.v. “mismo –ma”, 1) y la Nueva gramática… (§§ 13.11n y 44.5u) concuerdan casi del todo en su posición frente al uso de mismo como adjetivo en el nexo relativo mismo que: mientras uno señala que “debe evitarse”, la otra advierte que “no se considera recomendable en la expresión cuidada” y, además, ya existe la forma el cual de igual valor semántico e idéntica función.

Las construcciones puestas en entredicho son del tipo: “se trataba del avión Concorde, mismo que fue diseñado por ingenieros ingleses y franceses”, o “nos presentaron al nuevo abogado, mismo que estudió en Yale…”. La desaprobación tiene su base en que aquí la función de mismo para sustituir al Concorde o al abogado ─es decir, en función adjetival-pronominal─ carecería de sentido, sería redundante y constituiría, por ello, un énfasis gratuito, pues bastaría con que se dijera “…del avión Concorde, que fue diseñado por ingenieros…”, o “el cual fue diseñado por ingenieros…”.

El DPD afirma que se trata de un uso muy extendido en la prosa divulgativa de México y Centroamérica. No indica su fuente, pero podemos suponer que se trata del Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), elaborado por la RAE entre 1975 y 2004 con base en periódicos, revistas, libros y transcripciones de radio y televisión (disponible en la página web de la Academia).

Y en efecto, una búsqueda rápida en el CREA, entre ejemplos tomados de diarios y revistas de los países de lengua española, muestra algunos casos de este empleo de mismo en Centroamérica y numerosos en México, pero prácticamente nada en el resto del continente, si bien la Nueva gramática… señala que también se observa en regiones andinas y rioplatenses (§ 13.11n).

Sin embargo, el otro uso de mismo reprobado por el DPD se puede hallar en textos peninsulares incluso muy cultos. En la introducción a una obra de Cicerón, Sobre el orador, firmada por el propio traductor, leemos frases como la siguiente: “la intervención de Antonio, que ocupa todo el libro II si exceptuamos la intervención de César Estrabón sobre el humor […], tiene en principio como objeto la oratoria como un todo, aunque a lo largo de la misma…”. Y líneas más abajo: “El inicio de la misma […] es espléndido…” (37).

El DPD (s.v. “mismo -ma”, 3) señala que este uso anafórico de mismo o misma “es innecesario y desaconsejable”. A fin de evitar vaguedades, observa, “siempre puede sustituirse mismo por otros elementos más propiamente anafóricos, como los demostrativos, los posesivos o los pronombres personales”. Y añade: así en “criticó al término de la asamblea las irregularidades que se habían producido durante el desarrollo de la misma [ejemplo tomado de El País], pudo haberse dicho durante el desarrollo de ESTA o durante SU desarrollo…”.

En mi opinión, este segundo uso resulta mucho más problemático, porque en él pueden darse casos de vaguedad o indeterminación en cuanto a qué o a quién se refiere el adjetivo mismo (aquí casi en función pronominal). Por ejemplo, en el segmento extraído de la introducción a Sobre el orador la palabra misma podría referirse también a la oratoria y no sólo a la intervención de Antonio en los diálogos relatados por Cicerón. Se trata de un recurso anafórico (alusión a lo ya dicho) que a veces causa mayor indeterminación que la que busca eliminar.

En cuanto al origen de mismo y sus valores semánticos, Alvar y Pottier nos explican: “el pronombre ipse expresaba la identidad, pero desde el momento en que entró en la serie mostrativa, el carácter enfático que la identificación lleva consigo hizo que el simple ipse dejara de funcionar como indicador de identidad. En efecto, el latín conocía formas enfáticas con met, pero en ellas la partícula se posponía a personales y posesivos como se atestigua en Plauto y Salustio (egomet, tutimet, meamet, etc.); sin embargo, el sufijo pasó a ser prefijo a través de combinaciones como temet ipsum, semet ipsum, documentadas en el latín de los comienzos de nuestra era. El pueblo llevó a cabo falsas interpretaciones  y descompuso te metipsum o se metipsum, de tal modo que el gramático Donato condenara la construcción ego met ipse. Como por otra parte, ipsĭmus era forma enfática por ĭpse (testimonio de Salustio), nació un metĭpsĭmus, de donde proceden numerosas formas románicas. En la Península Ibérica las formas enfáticas fueron numerosísimas, sólo en los documentos riojanos de 1037 a 1152 se atestiguan memetipsum, meipsum, me medipsum, en aragonés (1032-1135) recogemos ipsemet, metipse, med ipse, meipsum, ille me ipse, ille meo ipse, memetipsa, tumedipsum, medipso, -os y en leonés (970-1077) meedipsum, medipsos, simediso. Las formas actuales mismo, mesmo remontan a una intermedia meismo” (Morfología…: § 86.1).

A su vez, el Léxico hispánico primitivo (s.v. “mediso”) detecta mediso, medipso, mmedipso, metipso y metypso entre los años 781 y 1135.

En 1492, en su Gramática…, Nebrija señala que “esta partezilla mesmo co[m]ponese con todos los otros prono[m]bres como io mesmo, tu mesmo, el mesmo, si mesmo, este mesmo esse mesmo, el mesmo. Mesmo no añade sino una expressio[n] y heme[n]cia q[ue] los griegos y gramáticos latinos llama[n] emphasi. Y por esta figura dezimos nos otros, vos otros” (libro III, cap. VIII). La edición princeps no lleva acentos, de modo que la palabra el del segundo “el mesmo” debemos leerla como artículo y no como pronombre.

Por otra parte, en su Lexicon hoc est dictionarium…, de idéntica fecha, Nebrija usa mesmo como enfático, pero también como comparativo o identitario: “porque las cosas de que son los vocablos o son perdurables con la mesma naturaleza, o están puestas en solo el uso y alvedrio de los ombres”, y “muchos cada dia me preguntan aquello mesmo que io muchas veces suelo co[n]migo pe[n]sar…” (prólogo, cursivas mías). Además, la fórmula igualatoria o identitaria “por aquello mesmo” abunda en sus equivalencias de palabras.

En este diccionario Nebrija define ipse como pronombre (“ipse, a, um, prenomen por el mesmo”) y met como partícula que significa lo mismo (s.v. “ipse” y “met”). De manera que egomet sumado a ipse o ipsimus vendría a ser un énfasis redoblado o triplicado: yo mismísimo (egomet ipsum) o yo mismisísimo (egomet ipsmimus). No hay duda de que esos énfasis pueden llegar a ser necesarios incluso como rasgo de comicidad, pero a Donato le habrán parecido, más de una vez, no sólo agramaticales sino exageradísimos.

Así, desde la antigüedad clásica y a lo largo de los primeros siglos de la lengua hispana, el valor identitario de mismo en construcciones como “éste es el mismo árbol que se veía desde aquella altura del camino”, o “este y aquel árbol son de la misma especie”, convivió con el valor enfático de construcciones como “yo mismo iré a buscarte” o “este niño es el mismísimo diablo”.

Sin embargo, puede verse que sus valores semánticos no son idénticos al que la palabra mismo adquiere en construcciones como la del Concorde, donde el valor enfático parece tomar un nuevo matiz. En efecto, mismo podría omitirse para dar paso a un sencillo que o al sintagma el cual, o a el mismo que, pero el sentido sería un poco distinto.

Al decir “se trataba del avión Concorde, el mismo que fue diseñado por ingenieros ingleses y franceses”, la diferencia con los otros dos casos estriba en que el interlocutor ya tiene la información que se va a asociar al antecedente, pero no la ha asociado como el hablante busca que lo haga. Idénticos casos son “el equipo de cómputo es el mismo que tenía en mi oficina del centro”, o “este banco es el mismo que donde no te quisieron cambiar dólares”. Por otra parte, si dijéramos “se trataba del Concorde, que fue diseñado…”, o “se trataba del Concorde, el cual fue diseñado…”, renunciaríamos inmediatamente al recurso enfático, es decir, neutralizaríamos el vínculo entre el antecedente y la oración introducida por el relativo y únicamente marcaríamos la continuidad del discurso añadiendo un dato al antecedente.

Aunque el énfasis pudiera resultar ocioso para algunos, la fórmula mismo que mantiene la función enfática de mismo pero, al parecer, con un objetivo de comunicación distinto a los tres anteriores.

En vista de que en México es donde más se encuentra esta nueva forma, hace muy poco María Isabel Echevarría y Chantal Melis ─en su estudio titulado “La formación del nexo relativo mismo que”─ se propusieron entender a fondo el proceso de evolución del nuevo nexo, tan perseguido y condenado por gramáticos, aunque sobre todo por obsesivos y malhumorados del idioma. Para ello se fijaron la meta de dejar clara la diferencia semántica entre mismo que y el cual, y efectuaron su propio recorrido por los significados de mismo a lo largo de la historia de nuestra lengua, con base en el Corpus Diacrónico del Español (también disponible en el sitio de la RAE), donde se recopilan millones de frases extraídas de documentos que van desde los orígenes hasta 1974.

Las autoras elaboran una hipótesis plausible sobre el valor semántico exclusivo, o más característico, del nexo mismo que y, de esa forma, ponderan su validez como nuevo sintagma relacionante. De acuerdo con ellas, en el siglo XIX tiene lugar un reacomodo de los valores de mismo que desemboca, más tarde, en el surgimiento del nexo mismo que, hacia la primera mitad del siglo XX.

Rumbo a la explicación de ese valor semántico, nuestras autoras hacen una analogía entre los nexos el que y que, y el mismo que y mismo que, para mostrar que cuando el antecedente está inmediatamente al alcance del oyente ─o sea, muy ligado a la frase relativa introducida por mismo que─ los hablantes perciben la conveniencia de suprimir el artículo (el), pues resulta obvio cuál es el antecedente.

Cabe insistir en que la presencia de ese el parece necesaria sobre todo cuando se refiere a un rasgo del antecedente ya conocido por el interlocutor, pero que no ha asociado por sí mismo: el artículo confirma la conciencia compartida sobre el dato; en cambio, su presencia en construcciones donde ese dato es del todo nuevo y el interlocutor no identifica por completo al antecedente, no sólo podría ser injustificada, sino que suavizaría la agudeza enfática de mismo, y eso habría influido en la supresión.

Además, dado que con frecuencia mismo acompaña a un deíctico (algún pronombre), ello habría reforzado su capacidad anafórica, uno de los rasgos del pronombre. Cuando el mismo que o lo mismo que, ligados a una oración anterior inmediata, introducen una explicación sobre un sustantivo de esa oración, están ya cargados de la cualidad anafórica de mismo cuando acompaña al pronombre relativo: mayor razón para que el hablante se incline por suprimir el artículo. En tal situación, el género y el número ya están marcados y no hay riesgo de confundir el antecedente.

Por otra parte, aunque a menudo el rasgo igualatorio-comparativo de mismo, sin dejar de ser enfático, relaciona dos oraciones de manera que una añade un dato respecto al sujeto u objeto de la otra, ello no siempre es así, y a veces la función de mismo deja de ser igualatoria y destinada a ilustrar al oyente con algo conocido para que entienda algo desconocido, y más bien añade un dato no comparativo sino ampliador de la identidad del sujeto u objeto aludido. En este último caso, el énfasis tiende a colocarse por encima de la cualidad igualatoria de mismo.

Así, poco a poco fueron teniendo lugar estructuras donde “mismo ya no pone en relación a dos entidades independientes […], sino que la comparación incide en dos representaciones o dos manifestaciones de un solo individuo”, particularmente cuando “el hablante juzga necesario añadir la relativa […] porque duda que el oyente pueda identificar al referente con base en la sola mención del nombre propio” (“La formación…”: 190, 191), y concibe, entonces, la fórmula fulano de tal, mismo que…

Más tarde ─observan Echevarría y Melis─, cuando, a pesar de que el escucha tuviera bien identificado el antecedente, el hablante quería de cualquier forma realzar una cualidad de dicho antecedente y enunciarla de inmediato, el valor identificativo de mismo retrocedió aún más ante el enfático, para, finalmente, dar paso a estructuras donde “las oraciones introducidas por el mismo que poco o nada contribuyen a la caracterización del antecedente de la relativa” (194), y sólo parecen buscar la permanencia de ese antecedente en la actualidad del discurso, en la mente del interlocutor. Es decir, se convierten en mero énfasis sobre el antecedente. Este proceso se acentúa hacia la primera mitad del siglo XX. Ello, junto con la supresión del artículo, conduciría, finalmente, a nuestro nexo.

En suma, cuando el hablante busca destacar un rasgo del antecedente recurre a mismo (en vez del relativo que en solitario), y de esa manera no sólo subraya la íntima relación entre las dos oraciones, sino que también acentúa la importancia del antecedente y la del enunciado que lo modifica enseguida, recurriendo al valor enfático, aunque sea mediante una construcción atípica…  y para muchos innecesaria. Por último, en un giro extra, recurre al término mismo como simple operador fático, o sea, para mantener la atención del escucha sobre el antecedente.

Con mayor puntualidad, Echevarría y Melis escriben: “para entender cómo opera la alternancia [entre el cual y mismo que], conviene partir de la idea de que la función definitoria de un intensificador, como mismo, consiste en atribuir al elemento de la cláusula al que modifica ‘el más alto grado de resalto o centralidad’. Desde esta perspectiva, puede esperarse que los hablantes seleccionen mismo que en los casos en que pretenden comunicar algo acerca del referente que les parece, subjetivamente, valioso (subjetiva evaluativa) o cuando pretenden condensar el interés en la entidad topical (relativa continuativa), y reserven el cual para contextos discursivos más neutros” (“La formación…”: 201).

Así, la fórmula el cual sólo marca identidad y continuidad; en cambio, la de mismo que introduce con énfasis una relativa que resaltará algún aspecto del referente o buscará mantener la atención del interlocutor sobre aquél. Toca al buen juicio evaluar si también por escrito este recurso resulta funcional y necesario, o si la escritura posee otros mucho más adecuados para hacerse redonda, clara y consistente.

En tanto recurso de subjetivización que afecta a la gramática, los normativistas lo han rechazado, como también otros recursos orales que añaden matices al discurso no siempre por medio de palabras sino de rasgos fónicos que contribuyen a dar a la expresión una carga personal, es decir, propia de un sujeto específico de la enunciación, en un contexto también muy específico y para un interlocutor no menos singularizado. Por el contrario, la escritura buscaría casi siempre un interlocutor más numeroso, abstracto y en contextos más generales, donde la lógica discursiva se sitúa por encima de la subjetividad del emisor.

El caso de mismo que sería, pues, una sintagmatización de un recurso pragmático subjetivizante. Su presencia en el español de América en el último siglo ─pese a la dificultad con que se ha ido colocando al lado de la norma─ indica un cambio de esos que ocurren cada tanto en las lenguas vivas, si bien, como concluyen Echevarría y Melis, estamos lejos de saber cuál pueda ser su futuro entre el conjunto de nexos relacionantes, y todavía en estudios como los de Palacios (1983) o Leñero (1990) no estaba siquiera considerado.


Referencias

-Alvar, Manuel y Bernard Pottier, Morfología histórica del español, Madrid, Gredos, 1987.

-Cicerón, Sobre el orador, intr., trad. y nn. de José Javier Iso, Madrid, Gredos, 2002.

-Echevarría, María Isabel y Chantal Melis, “La formación del nexo relativo mismo que”, en Ch. Melis y Marcela Flores (eds.), El siglo XIX: inicio de la tercera etapa evolutiva del español, México, UNAM, 2015, pp. 173-207.

-Lapesa, Rafael, con la colaboración de Constantino García, Léxico hispánico primitivo: versión primera del Glosario del primitivo léxico iberorrománico (proyectado y dirigido originalmente por Ramón Menéndez Pidal, ed. al cuidado de Manuel Seco), Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal/Real Academia Española/Comunidad de Madrid/Espasa Calpe, 2008.

-Leñero, Carmen, Elementos relacionantes interclausulares en el habla culta de la ciudad de México, México, UNAM, 1990.

-Nebrija, Elio Antonio, de, Gramática de la lengua castellama, Salamanca, 1492, en Biblioteca Digital Mundial, Library of Congress/UNESCO, disponible en red.

-Nebrija, Elio Antonio, de, Lexicon hoc est dictionarium ex sermone latino in hispaniensem, Salamanca, 1492, est. introd. de Germán Colón y Amadeus J. Soberanes, Barcelona, Puvill, 1979 (ed. facs.).

-Palacios, Margarita, Sintaxis de los relativos en el habla culta de la ciudad de México, México, UNAM, 1983.

-Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario panhispánico de dudas, Madrid, Santillana, 2005.

-Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa, 3 vols., 2009-2011.

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