sociedad civil – Boletín del IISUE http://www.iisue.unam.mx/boletin Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Fri, 10 Nov 2017 20:37:53 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.5 Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. sociedad civil – Boletín del IISUE Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. sociedad civil – Boletín del IISUE http://132.248.192.241/~iisue/www/www/boletin/wp-content/plugins/powerpress/rss_default.jpg http://www.iisue.unam.mx/boletin Los temblorosos días en que volvimos a ser sociedad civil http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=6137 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=6137#comments Thu, 05 Oct 2017 22:22:36 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=6137 Jesús Aguilar Nery

Septiembre de 2017, mes de terremotos en México, pero también cuando la gente se ha volcado a las calles para reapropiarse del espacio público, que es por definición de tod@s. Entre llanto y estupor se abrieron paso otros sentimientos y valores que nos remiten al cuidado y la piedad por las/os demás. El deseo de ayudar surgió como el zumbido de la alarma sísmica: la mayoría lo ha escuchado para actuar en consecuencia.

La desgracia telúrica también removió cierta parte de nuestra naturaleza-cultura para sacar de cada uno/a algo profundamente humano. La solidaridad y el reconocimiento por los/as demás se manifestó de modo cotidiano después de los temblores; incluso, por momentos se ha desbordado y se ha desplazado como una ola que nos une a pesar de las desigualdades y las diferencias. Dicha fuerza ha revertido, incluso más allá de las zonas de desastre, cierta impiedad y apatía por lo público que parecía ir ganando terreno a la presencia física en las calles hasta recluirse casi exclusivamente en las redes sociales.

La energía liberada de la tierra también sacó un arrojo compasivo que rebasa la mediatización telenovelesca que se empeña el “cuarto poder” en manipular para sí. El control de las imágenes no es privativo de las televisoras o radiodifusoras, pero no nos engañemos, aún lo hegemonizan. La lucha por establecer el ritmo del drama es una golosina que incluso algunos peatones disputaron por momentos de modo perverso o embaucando a sectas y extraviados/as.

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Brigadistas trabajan en un edificio colapsado en la Colonia Obrera de la Ciudad de México. Crédito: ProtoplasmaKid.

Siguiendo la lucidez de Monsiváis, hemos podido atestiguar nuevamente -como hace poco más de tres décadas y en otros momentos de la Historia (y de otras historias) de esta nación-, el color de “los rituales del caos” en el sureste y el centro del país. Esas ceremonias que van performativamente no sólo despejando los escombros de las edificaciones sino de la ciudadanía, esa casi de manual: de las filas enormes pasando cascajo, víveres, pero también van pasando conciencia social, como se decía antaño; pretenciosamente diría que observamos la emergencia de esa que los politólogos llaman la sociedad civil.

El famoso pueblo “en acto”, hace presencia en la esfera pública tras el desastre, aunque a menudo rápidamente se ve ensombrecida por la policía o el ejército. La aparición gubernamental-estatal busca encabezar y, de hecho, arrebata la dirigencia de los trabajos, de los medios y los fines, pero no sin batalla, no sin consecuencias.

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Jóvenes distribuyen víveres en el Estadio Olímpico Universitario. Crédito: Gaceta UNAM

La ciudadanía ha hecho acto de presencia y ha conmovido hasta a los/as indolentes, se trata de una llamarada que tiene reminiscencias de movimientos sociales como el MUP (Movimiento Urbano Popular). Esas palabras que ahora pertenecen literalmente a otro siglo no parecen describir lo que se vislumbra. Pero hay cierta hermandad con los hechos recientes que nos levantan capas de miedo, indiferencia y desconfianza, para volverse esperanza mezclada con otros sentimientos. Esperanza que se remueve y huye a la velocidad con que la tierra vuelve a cimbrarnos, pero no se disipa, no desaparece y vuelve tal vez un poco más rebelde. Se escuda en esa creencia ciudadana de que somos más iguales que diferentes, arraigada en valores casi en retirada: que vale la pena darnos la mano, y entre más mejor; que compartimos la desgracia mediante los acordes del “cielito lindo” y luchamos por levantarnos al sonoro rugir de “sí se puede” ser mejores. Y se demuestra en innumerables experiencias y actos más o menos generosos, desde el ímpetu de las/os jóvenes por ayudar a desconocidos/as, hasta quienes salen de sus casas para brindar un vaso de agua, una torta, un gansito, un techo, pero también una sonrisa, un roce o una mirada reconfortante, esperanzadora.

En cualquier caso, la fuerza de los movimientos telúricos ha puesto en la superficie del espacio público nacional la presencia de esa elusiva sociedad civil. Pero debe también señalarse que para permanecer visible debe trascender esta coyuntura, actuar democráticamente en distintas escalas e intervenir organizadamente en los debates y quehaceres de la agenda pública, no sólo donde han padecido el desastre. Esto nos recuerda que, parafraseando a Calvino, hay cosas que en el infierno no son infierno y debemos hacer que duren y abrirle espacios, para ello debemos establecer objetivos comunes (por el bien común antes que el individual) y rebasar el “cortoplacismo”.

En otras palabras, tenemos ante nosotros la responsabilidad de que este reencantamiento por las cosas públicas tenga repercusiones en distintos ámbitos de nuestra vida y comunidad, incluidos el pedagógico y el educativo: ¿Cómo traducir los aprendizajes de la presencia activa de la sociedad civil, de la movilización ciudadana a las aulas? ¿Cómo aprovechar esta coyuntura para la educación de niños, niñas y jóvenes? Cuestiones que, entre otras, cada quien ha de responder de modo riguroso, según sus posibilidades y trincheras.

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