Primaria – Boletín del IISUE http://www.iisue.unam.mx/boletin Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Thu, 23 Nov 2017 19:18:48 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.5 Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Primaria – Boletín del IISUE Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Primaria – Boletín del IISUE http://132.248.192.241/~iisue/www/www/boletin/wp-content/plugins/powerpress/rss_default.jpg http://www.iisue.unam.mx/boletin Presentación del libro: La Reforma Integral de la Educación Básica http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3644 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3644#respond Thu, 12 May 2016 23:36:06 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3644 Este 16 de mayo acompáñanos a las 17:00 horas en las salas A y B del primer piso del IISUE para la presentación del libro

La reforma integral de la educación básica: perspectivas de docentes y directivos de primaria

Participan: Claudia Bataller, Frida Díaz-Barriga Arceo, Catalina Inclán y Ángel Díaz-Barriga.

Además, tendremos transmisión en vivo en nuestra página web  y nuestro canal de YouTube.

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Día del maestro: dos textos para la reflexión http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=886 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=886#comments Fri, 15 May 2015 16:28:51 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=886 La docencia, factor clave en el cumplimiento de las metas educativas

Por Mario Rueda Beltrán

Los abruptos cambios en las sociedades contemporáneas y el acelerado desarrollo tecnológico contrastan con los problemas aún por resolver, derivados de la distribución disímil de las riquezas materiales y la poca presencia de los beneficios de un conocimiento accesible, pertinente y a favor de todos y cada uno de los miembros de la comunidad global. Acorde con este panorama, surge de manera natural la necesidad de reflexionar sobre el papel a desempeñar por las instituciones escolares del siglo XXI y cómo brindar atención inmediata a los problemas más urgentes de los actuales sistemas educativos. Todo ello se conjuga en un ambiente propicio para repensar la función de los docentes como un ingrediente esencial en las instituciones escolares presentes y futuras.

El estudio de la docencia y el reconocimiento de su complejidad han sido documentadas en múltiples y muy variados trabajos, ya se trate de los orientados por teorías en busca de las relaciones causales entre variables con la pretensión de establecer principios generales; de aquellos otros impulsados por el deseo de conocer las características del pensamiento y las creencias de profesores y estudiantes; o bien los que intentan la deconstrucción de la cultura escolar y con ello avanzar en la comprensión de los fenómenos humanos que ahí tienen lugar. También se han desarrollado pesquisas encaminadas a definir las características de una posible didáctica general o las particularidades de la enseñanza específica de cada una de las disciplinas, por citar algunos de los esfuerzos más sobresalientes sobre las manifestaciones que tienen lugar en la vida cotidiana de los salones de clases.

Sin embargo, todo el conocimiento disponible sobre la interacción entre estudiantes y profesores en las aulas no ha sido suficiente para que los protagonistas interesados en la institución escolar construyan acuerdos sobre las características propias de una enseñanza efectiva, que se reflejen en los aprendizajes significativos de los estudiantes. Esta situación encuentra algunas explicaciones al constatar la existencia ancestral de una formación especializada para los maestros del nivel básico, poco permeable a los retos derivados de los cambios sociales; y una prácticamente inexistente formación profesional para desempeñarse como catedrático en los ámbitos de la educación superior, a pesar de que en este último nivel educativo es cada vez más frecuente el desarrollo de iniciativas institucionales para ofrecer una formación didáctica especializada a sus nuevos miembros, al inicio de la carrera académica prevista por las universidades.

Sigue predominando en la escena escolar el papel ambiguo que socialmente se le atribuye al profesorado, manifiesto en la expresión coloquial en el momento de la formalización de la relación laboral: “contratado para impartir clases”; sin que en este enunciado quede claro si se trata principalmente de cumplir funciones como fuente de información, certificador de los aprendizajes, guía en la aventura del aprendizaje o acompañante experto, o promotor de la autonomía estudiantil. Queda aún como tarea pendiente la necesidad de precisar las funciones ideales de los maestros en los distintos niveles escolares y la clarificación de las propias expectativas de los directivos y de los distintos sectores de la sociedad respecto del papel del profesorado.

La reflexión sobre la docencia y acerca de cuáles deberían ser las funciones a cumplir en los contextos escolares ha llevado a revisar, en todos los sectores involucrados, las condiciones en las que tiene lugar esta actividad clave y definitoria en la formación de los estudiantes en todos los niveles de la educación formal. Tan es así que el contexto de la adopción del enfoque por competencias, en muchos de los países del orbe, ha conducido a replantear la pregunta de cuáles son las competencias docentes apropiadas para el momento actual y futuro de las instituciones escolares. Aunque en muchos de los intentos por definir el papel del profesorado en los procesos de formación destaca un conjunto de competencias que incluye conocimientos, habilidades y actitudes, las perspectivas han optado por precisar aspectos como la formación continua, el dominio y estructura de los saberes, la planificación de los procesos de enseñanza y aprendizaje, su conducción, su evaluación, así como la construcción de ambientes para el aprendizaje autónomo y colaborativo, por mencionar algunos de los más relevantes. Otros esfuerzos se han orientado al señalamiento de aspectos de la planificación y organización del propio trabajo, de la comunicación, las labores en equipo, las relaciones interpersonales satisfactorias y la solución de conflictos, el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, el disfrute de un bienestar personal y el ejercicio de una autoevaluación constante de las propias acciones para garantizar la calidad. En todo caso, se ha dejado de manifiesto que aún no se alcanza el consenso que identifique los aspectos técnicos del quehacer docente y las características personales que puedan hacer satisfactoria y efectiva una labor por todos reconocida discursivamente como importante, pero en los hechos no suficientemente atendida.

Es muy difícil sustentar que las competencias docentes puedan ser las mismas para la diversidad de instituciones que abarca el espectro de la educación: desde el nivel elemental al posgrado, de la formación técnica a la de investigación, de la que prepara para la docencia a la que forma para la inserción profesional en un campo laboral especializado. La discusión, el análisis, y en última instancia la toma de postura de cuáles son las competencias docentes pertinentes tendrá que resolverse por los agentes de cada uno de los ámbitos señalados, considerando las características particulares y el momento histórico de cada organización.

El rol que ha jugado la evaluación del desempeño docente, práctica muy extendida en el contexto actual, puede ser una herramienta que ponga en el primer plano de importancia a la docencia, siempre y cuando no continúe predominando la investigación como el indicador principal de una enseñanza de calidad. El supuesto comúnmente aceptado es que quien hace investigación aumenta la calidad de su enseñanza, y aunque esto puede ocurrir, desafortunadamente no se presenta de manera automática. La investigación, al igual que la docencia, son actividades muy distintas que requieren una formación especializada y condiciones apropiadas para desarrollarse, y si bien pueden coincidir en una misma persona, también ocurre con cierta frecuencia que un excelente investigador puede resultar un pésimo docente, o viceversa. Se hace necesario reorientar las acciones de evaluación hacia la definición de las funciones ideales del profesor, el monitoreo de su mejora continua, el diseño de acciones institucionales de acompañamiento solidario, así como la recuperación de la percepción de su dignidad y reconocimiento social.

A todas luces se impone la revisión de la institución completa y de todos sus agentes para identificar las posibles acciones que cada uno de ellos, y en conjunto, pueden desplegar para ubicar a la docencia como una actividad profesional y que, como tal, requiere de una formación especializada y de condiciones propicias para desplegar todo su potencial a favor de la formación de profesionales y ciudadanos en el más amplio sentido del concepto. La participación de los estudiantes ha estado especialmente ausente en la identificación de los elementos de la enseñanza que contribuyen al aprendizaje exitoso y significativo, ya sea porque se les solicite directamente a través de distintas estrategias, o porque se desarrolle una sensibilidad institucional que traduzca algunos indicadores clásicos, como la deserción, la reprobación u otros, en medidas preventivas desde el ángulo de la acción eficaz del profesorado. Así mismo, también ha hecho falta que los directivos pongan mayor énfasis y garanticen las condiciones para hacer realidad el compromiso que adquieren los docentes al aceptar mantenerse al día en el conocimiento disciplinario propio, así como en el esfuerzo sostenido para la adquisición de las estrategias más efectivas para su enseñanza adecuada en el nivel escolar correspondiente. Es necesario abrir el panorama de la visión del profesorado para que se sienta parte de un proyecto colectivo al que cada uno de los miembros aporta con su actividad, sobre todo cuando se adopta la perspectiva de una formación integral en un contexto global que requiere de ciudadanos formados en el cumplimiento de las más altas exigencias y el desarrollo de un compromiso social.

La docencia es una actividad central en cada una de las instituciones escolares, ya se trate de las del nivel básico, medio o superior; es clave en la formación de profesionales de las distintas ramas del saber y en la preparación de los futuros creadores del conocimiento; es determinante en la vida de muchas personas que definen su actividad profesional o gusto por una disciplina a partir de la convivencia estimulante con un maestro en particular. Por todo ello, vale la pena dedicarle el esfuerzo individual e institucional que sea necesario para garantizar que cumpla a plenitud con sus funciones, aunque éstas nunca estén tan claramente definidas o tengan que adaptarse a un contexto que evoluciona constantemente.

Por fortuna contamos con la investigación educativa; esta disciplina tiene mucho camino por recorrer para aportar a la comprensión de esta compleja e importante actividad, y al señalamiento de cómo desentrañar sus misterios. Su desarrollo es indispensable para orientar la formación inicial y permanente de los actuales y futuros docentes de cada uno de los sectores de la educación formal. Las circunstancias así lo exigen.

Este texto se publicó originalmente en Perfiles Educativos (2010), vol. XXXII, núm. 129, pp. 3-6, en: http://www.iisue.unam.mx/perfiles/perfiles_articulo.php?clave=2010-129-3-6


Debates sobre el gasto educativo en México. ¿Absolutos o relativos?

Alejandro Márquez Jiménez

En nuestro país es cada vez más frecuente que se presenten controversias sobre el desempeño del sistema educativo. Hay desde posiciones triunfalistas que resaltan los logros alcanzados, hasta aquéllas que asumen que todo está mal y cuestionan la ineficiencia, el despilfarro y los pobres resultados de aprendizaje que obtenemos frente a otros países. El tema del gasto educativo es reiterativo en estos debates y llega a posturas polarizadas entre quienes asumen que gastamos mucho pero mal, y entre quienes señalan la necesidad de aumentar los recursos al sistema para obtener mejores resultados; sin embargo, no pocas veces las posiciones polarizadas suelen sustentarse en apreciaciones incompletas de la información existente sobre el sistema educativo. En razón de ello, ver el vaso medio lleno o medio vacío, muchas veces tiene más que ver con las preconcepciones de los actores que las expresan, que con una valoración razonada e imparcial de la información existente sobre los temas que se abordan.

Considerando lo anterior, este texto aborda algunos de los aspectos que generan debate con respecto al gasto que se destina a la educación en nuestro país, tomando en cuenta que estos debates usualmente se sustentan en la valoración parcial, sea en términos únicamente relativos o absolutos.

Las remuneraciones al personal docente

En el afán de buscar culpables, algunas veces los debates se han enfocado en el peso relativo que representan los salarios de los docentes con respecto al gasto educativo total, indicador donde México usualmente queda muy por arriba del promedio de la OCDE, dado que mientras que en nuestro país esta relación se establece en 83 por ciento, en los países de la OCDE representa 63 por ciento. Esta situación se considera desfavorable debido a que deja muy pocos recursos disponibles para destinar a la inversión en el mejoramiento de las escuelas (gasto de capital), el cual, en consecuencia, se encuentra en nuestro país por debajo del promedio que representa este gasto en los países de la OCDE (2.9 contra 7.4 por ciento en primaria, y 7.6 contra 10.5 por ciento en secundaria, respectivamente). Asimismo, usualmente se señala que los salarios de los docentes en nuestro país son los que proporcionalmente se encuentran más altos en comparación con el PIB per cápita de los países respectivos, lo cual en cierta forma también es cierto.

No obstante, aunque algunos indicadores relativos sobre el salario de los docentes nos pongan por arriba del promedio de la OCDE, en términos absolutos nos podemos dar cuenta que debido al menor tamaño de nuestra economía, los salarios de los docentes mexicanos se encuentran por debajo del promedio de la OCDE, puesto que el salario en dólares (calculados mediante la metodología PPP) de un maestro de primaria con 15 años de experiencia representa apenas poco más de la mitad (52 por ciento) de lo que en promedio ganan en los países de la OCDE; y un maestro de secundaria gana aproximadamente 65 por ciento en relación al promedio de la OCDE (Gráfica 4 y Tabla 2).

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Aunado al menor salario que en términos absolutos perciben los docentes mexicanos, existen también evidencias de que atienden en promedio a un mayor número de alumnos (en primaria el número de alumnos por profesor en México es 28, y el promedio de la OCDE 16; y en secundaria las cifras son 31 contra 13.2, respectivamente) y destinan un mayor número de horas a la docencia frente a grupo en comparación con sus colegas de la OCDE.

El que los docentes mexicanos atiendan a un mayor número de alumnos provoca que el salario docente por alumno sea todavía más bajo en contraste con los países de la OCDE. En México, el costo del salario docente por alumno representa sólo 28 por ciento del promedio existente en la OCDE en educación primaria, y 26 por ciento en el caso de la secundaria. Por su parte, en relación con el número de horas frente a grupo, el tiempo que destinan los docentes mexicanos es mucho mayor al de sus colegas de la OCDE, lo cual les deja menos tiempo disponible para dedicar a otras tareas relacionadas con su actividad profesional (Gráfica 5).

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Con base en los actos de corrupción en que se han visto involucrados altos personajes del sindicato magisterial, la falta de transparencia en el manejo de recursos y la carencia de información sobre el número total de plazas docentes, desde hace tiempo se ha venido construyendo una determinada percepción de los maestros que ha tendido a estigmatizar a la profesión docente: que ganan mucho, que no trabajan, que están mal preparados, que son ineficientes, corruptos, etcétera. Esto ha favorecido la percepción de que son los principales responsables de la mala situación educativa del país; sin embargo, ello ignora que los resultados de evaluación brindan sobradas evidencias de que la situación educativa del país es un fenómeno multicausal, donde intervienen factores tanto externos como internos a los centros escolares. Siendo así, para mejorar la situación del sistema educativo no basta con arremeter contra un solo factor, sino que es necesario procurar medidas integrales para resolver los diversos factores que provocan los problemas; y donde se reconsidere en su justa dimensión el aspecto financiero.

Diversos estudios (Márquez, 2005, 2012; Mendoza, 2011; Del Val et al., 2012; México Evalúa, 2011; Mexicanos Primero, 2013) han mostrado de diferentes maneras, y en diferentes niveles del sistema escolar, las ineficiencias, despilfarro, obscurantismo y falta de criterios en el uso y distribución de los recursos educativos; claramente urge corregir esto debido a que en nuestra situación no podemos darnos el lujo de desperdiciar recursos de esa manera. Sin embargo, más allá de estos problemas, y de los debates que se derivan de la interpretación parcial de ciertos indicadores educativos, el propósito del escrito estriba en resaltar el carácter estructural que subyace en los problemas relacionados con el financiamiento educativo, lo cual nos separa drásticamente de la situación existente en los países desarrollados de la OCDE. Sólo reconociendo esta dimensión se puede percibir el enorme reto que implica remontar las brechas de desigualdad educativa que nos separan de estos países, con los cuales irremediablemente tenemos que competir en el marco de la sociedad del conocimiento y la economía globalizada.

En perspectiva, somos un país grande poblacionalmente, con menos recursos y con amplios rezagos educativos, económicos y sociales en contraste con la mayoría de los países de la OCDE. Aunque esta situación podría servir para justificar los menores recursos que destinamos a la educación, no forma parte de un pensamiento estratégico, dado que ello implicaría la permanencia de las brechas que nos separan de estos países. En consecuencia, si confiamos en que la educación es el camino para remontar nuestra situación, no podemos más que reconocer la necesidad de redoblar los esfuerzos financieros y de otra índole para nivelarnos en el menor tiempo posible con los países desarrollados.


Referencias

Del Val Blanco, Enrique, Héctor Hernández Bringas, Gustavo Ramos Fuentes, Héctor Ramírez del Razo, Rubén Antonio Miguel, Aníbal Gutiérrez Lara y Alejandro Márquez Jiménez (2012), “Financiamiento de la educación, ciencia, tecnología, innovación y cultura (ECTIC) con visión de Estado”, en José Narro Robles, Jaime Martuscelli Quintana y Eduardo Bárzana García (coords.), Plan de diez años para desarrollar el sistema educativo nacional, México, UNAM, pp. 371-410.

Márquez Jiménez, Alejandro (2005), Financiamiento de la educación, México, Observatorio Ciudadano de la Educación (OCE) (Cuaderno de trabajo No. 2, para Foros Regionales de la Plataforma Educativa del OCE).

Márquez Jiménez, Alejandro (2012), “El financiamiento de la educación en México. Problemas y alternativas”, Perfiles Educativos, número especial, pp. 107-117.

Mendoza Rojas, Javier (2011), Financiamiento público de la educación superior en México. Fuentes de información y cifras del periodo 2000 a 2011, México, UNAM-DGEI.

Mexicanos Primero (2013), (Mal) Gasto: estado de la educación en México 2013, México, Mexicanos Primero.

México Evalúa (2011), El gasto educativo en México: consideraciones sobre su eficiencia, México, México Evalúa.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) (2014), Education at a Glance 2014. OECD Indicators, en: http://www.oecd.org/edu/Education-at-a-Glance-2014.pdf[…]

Fragmento del editorial publicado originalmente en Perfiles Educativos (2015), vol. XXXVII, núm. 148, pp. 3-13, en: http://www.iisue.unam.mx/perfiles/perfiles_articulo.php?clave=2015-148-3-14 

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