Discurso – Boletín del IISUE http://www.iisue.unam.mx/boletin Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Thu, 23 Nov 2017 19:18:48 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.5 Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Discurso – Boletín del IISUE Artículos y eventos sobre la universidad y la educación. Discurso – Boletín del IISUE http://132.248.192.241/~iisue/www/www/boletin/wp-content/plugins/powerpress/rss_default.jpg http://www.iisue.unam.mx/boletin Discurso y representación http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=5700 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=5700#respond Mon, 19 Jun 2017 19:41:28 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=5700 Si eres estudiante de posgrado en educación/pedagogía (o área afín, trabajando temas educativos) o profesor de educación media superior o superior, te invitamos a inscribirte al seminario sobre Discurso y Representación, que impartirá Miguel Ángel Campos Hernández, investigador del IISUE, todos los miércoles del 2 al 30 de agosto, de 10:00 a 14:00 horas, en el IISUE (20 horas presenciales y 10 no presenciales).

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El arte de la prosa http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3901 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3901#comments Fri, 15 Jul 2016 14:00:21 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3901 Juan Leyva

La conciencia o, mejor, la consciencia sobre la voz y el discurso nos llega poco a poco, si bien de vez en cuando experimentamos revelaciones. Éstas pueden darse, por ejemplo, en el teatro o en el debate, o en una conferencia bien pensada, mejor escrita y aun mejor pronunciada, actuada ─diría la retórica─, si por ello entendemos una combinación de prosodia, tono y gestualidad.

Para escribir es preciso encontrar la voz propia y aprender a modularla. Detrás de toda prosa de calidad se halla siempre la voz que hemos aprendido a reconocer y modular, la suma de inteligencia, emoción y ritmos internos que nos da forma.

Una amiga me cuenta que su idea de la voz cambió radicalmente mientras miraba el Prometeo encadenado en uno de esos teatros cortados a pico en la roca tan característicos del mundo griego, que no conoció la argamasa y, por eso, a diferencia del romano, jamás construyó teatros con gradas de arcilla moldeada y piedra, sino recortadas sobre las laderas. Caía el sol cuando Prometeo comenzó uno de sus largos monólogos. El actor esculpía en el aire, con precisión, la ira, el sarcasmo, la ironía, el juicio, la protesta, la amargura, la reflexión, la serenidad y la decepción del héroe. Detrás del escenario, como suele ocurrir en aquellos teatros, el agua del Mediterráneo. Maestría y flexibilidad, respiración, vigor que impedía cualquier monotonía y alimentaba la tensión. De ese modo aconsejaba Cicerón modular la voz en el foro (Acerca del orador, II: § 224-225), mediante ondulaciones y contrastes. Y siempre en un tono apegado al tema. La ronquera final del actor parecía imitar, a un tiempo, la fatiga y la fuerza de Prometeo, su convicción inalienable.

En un discurso semejante predominan la emoción y la subjetividad, porque, aun cuando la rebeldía de Prometeo se nos presenta del todo justificada en las ideas que contiene, la crisis emocional y el enfrentamiento con su destino sobresalen.

En cambio, en una conferencia lo que predomina es la racionalidad, la lógica, la calidad en la exposición de ideas, la coherencia, siempre todavía mejores si son bien dichas. Hay conferencias que no se olvidan: el espectáculo del pensamiento en plenitud.

Y quizá el otro gran secreto para escribir radique en la calidad de nuestra lectura: el placer. Es mucho más sencillo escribir bien si hemos de verdad saboreado una buena prosa, un texto bien armado. Porque aun sin haber estudiado oratoria o retórica o técnicas de escritura, puede que nos suceda lo que a Craso, el personaje de Cicerón, que sin ser litigante ni orador profesional era admiradísimo por sus discursos, gracias a habilidades adquiridas en la lectura: “no por acechar alguna utilidad para el decir, sino por deleite, suelo leer, cuando hay ocio […]: tal como, cuando paseo al sol, aun si por alguna otra causa paseo, siento, sin embargo, que gracias a la naturaleza sucede que tomo color, así, cuando en Miseno (pues en Roma difícilmente se puede) leo con mucho interés esos libros, siento que gracias a su contacto toma color, por así decir, mi discurso” (Acerca…, II: § 60).

En el arte de escribir discursos ─nunca apartado de su actuación, representación o pronunciación en público─ hay todavía otros secretos. Uno de ellos, la elección del modelo de gran autor. Imitarlo o estudiarlo está bien, a condición de que nos conduzca, junto a la propia voz, a la forma más nuestra o auténtica de decir. Al estudiarlo, elíjanse sus cualidades, no sus defectos (Acerca…, II: § 90). Por ejemplo, dice el mismo Cicerón, al referirse a los grandes oradores del mundo clásico: “tuvo suavidad Isócrates, agudeza Lisias, penetración Hispérides, sonoridad Esquines, fuerza Demóstenes […] gravedad el Africano, sosiego Lelio, aspereza Galba, algo fluyente y canoro Carbón” (Acerca…, III: § 28). La celebérrima polémica entre Demóstenes y Esquines en el discurso Sobre la corona queda como una de las máximas grandezas del logos ateniense, un extraordinario ejemplo de lucidez y ejercicio polémico que rezuma lecciones de escritura. Menos brillantes en apariencia, Isócrates y Lisias reunieron, no obstante, muchas plumas entre sus seguidores, luego de su renacimiento en la Edad Media (y aun desde su época).

Asimismo es de gran importancia conocer muy a fondo el tema y el público al que nos vamos a dirigir. La preceptiva académica posee bases sólidas en este terreno, pero uno de los máximos defectos de este tipo obras radica en que, aun conociendo al público, lo descuidan, lo ignoran o lo pierden de vista por completo. Ello nos veda acceso al lector no especializado e incluso a los colegas. Y a veces la situación llega a ser tan grave que, conociendo el tema, ignoramos en cambio cómo expresarlo. Por eso Cicerón decía que no basta saber, sino saber comunicar ese saber (Acerca…, III: § 142-143); y Buffon, que una obra pasará a la posteridad mucho menos por el valor de su contenido que por las excelencias de su forma (Discurso sobre el estilo: 29).

Es preciso, además, conocer a la perfección ─o lo mejor posible─ el género en que se va a escribir. En el mundo académico, la mayoría no conoce a fondo el artículo científico, la tesis o el ensayo. Grave defecto, porque impide incluso dirigir bien una investigación (propia o ajena) y aprovechar como se debe los frutos de las pesquisas y, más tarde, comunicarlos con eficacia. Un conocimiento incompartido o mal comunicado se diluye o es casi inexistente. Si bien se trata de una cuestión multifactorial, detrás de los bajos porcentajes de titulación se encuentra un cuerpo académico impreparado para dirigir investigaciones y, más atrás, enormes dificultades de escritura y, por último, sin duda, de lectura.

Como es bien sabido, para escribir un buen trabajo de investigación se precisa un dominio pleno del estado de la cuestión, es decir, los avances de frontera en nuestro campo de conocimiento. Pero no puede haber una buena investigación si no se basa en un planteamiento claro del problema. Y ello no ocurre si no se problematiza el estado de la cuestión, es decir, si no se examina con rigor qué se ha hecho o descubierto y para qué sirve, en qué ha transformado nuestra disciplina y nuestra vida, tanto en lo teórico como en lo práctico y, por tanto, qué queda por hacerse de acuerdo con nuestras observaciones de la realidad y el intrumental que tenemos para afrontarla. Debemos preguntarnos siempre no sólo por qué no se ha resuelto determinado problema, sino cuál es el costo de esa irresolución y las ventajas de resolverlo (Booth, Colomb y Williams, Cómo convertirse en un hábil investigador: 73). Muchas veces el investigador tiene en mente la utilidad de sus descubrimientos, pero duda en decirla con claridad o no logra la suficiente.

Las partes de una tesis, de un artículo científico, de un ensayo, se indican (casi nunca explicadas) en obras diversas que nos ahorran trabajo en un punto central: la partición u organización segmental o cómo debe ir dividido el texto. Por fortuna, Day explica muy bien cómo debe elaborarse cada una de las partes de un trabajo de investigación, desde la introducción hasta las conclusiones (How to write and publish a scientific paper).

Ahora bien, aunque se trata de un placer distinto al de Craso, en la lectura académica puede encontrarse enorme satisfacción al extraerle a un texto su sustancia en términos de lo que aporta al estado del conocimiento (y si a ello juntamos de vez en cuando lecturas de mero y puro placer, mucho mejor).

Con un método puntual de lectura, extraer esa esencia es muy fácil. Las preguntas claves serían a) qué de nuevo descubre o plantea la obra, b) qué evidencias muestra de su descubrimiento, c) cómo obtuvo esas evidencias desde el punto de vista teórico y práctico, es decir, cuál fue el enfoque teórico-metodológico y en qué ámbito o terreno (documental, experimental, de campo, combinaciones) fueron recogidas, d) con qué instrumentos, e) cuáles son las consecuencias teóricas y prácticas del descubrimiento o nuevo planteamiento y f) qué concluye la obra (Leyva, “Las claves de la excelencia…”).

Son las mismas preguntas que una buena exposición académica debe responder. En sí, ése es ya un modo de organizar la investigación; comunicarla con base en tales preguntas garantiza lo que pide Cicerón respecto al vigor de los vínculos entre el contenido y la forma: calidad de pensamiento-calidad de discurso (Acerca…, III: § 24).

En otra escala ─siempre siguiendo a Cicerón─ se halla el trabajo con el estilo, la buena prosa, la modulación de ideas, emociones, razonamientos, conceptos, información, por medio de una alta factura en la acomodación de las palabras. Desde la Antigüedad, una buena prosa descansa en la claridad, la brevedad y la propiedad; una óptima amalgama de ellas conduce a la elegancia. Según Cicerón, para una prosa así hay que valerse de las palabras de uso común, señalar adecuadamente aquello de que queremos hablar, sin ambigüedades, con corrección sintáctica y gramatical en redondo (Acerca…, III: § 49). Aconseja no excederse en ornamentos: términos floridos, frases melódicas (cadencia, no cercanía con el verso), innovaciones lingüísticas injustificadas o arcaísmos, símiles y metáforas innecesarios, etcétera. El deleite más duradero, dice, emana de la mesura (Acerca…, III: § 100-101).

Al juntar las palabras o acomodarlas en el fraseo, se debe buscar que no tropiecen, es decir, hacerlas fluir en buena colocación: “lo conseguiréis si los finales de las palabras se unen a los principios de las que le siguen de manera que ni ásperamente concurran [por ejemplo, en la cacofonía o en su difícil articulación sucesiva], ni demasiado ampliamente se separen [por ejemplo, que la articulación o la extensión de la cláusula no obliguen a una pausa mayor donde no va, ni las ideas se desconecten]. Después de ese cuidado viene además la cadencia [cómo sube y baja la acentuación, los tonos de cierre y apertura, la respiración, las sílabas cerradas o abiertas] y la forma de las palabras [su contextura gráfico-sonora y conceptual, su propiedad, es decir, su precisión semántica y su linaje]” (Acerca…, III: § 173).

En este mismo orden, para la claridad, vigor y eficacia de lo escrito debemos guiarnos por la respiración o el aliento como metro seguro para la extensión de la cláusula (III: § 181), a partir de una voz media que puede poco a poco elevarse, ondular y bajar, según la intención de cada segmento, pero con tendencia siempre al balance (III: § 224), digamos a un equilibrio de tono y volumen, que viene a ser el más natural o nuestro. Aquí la pausa y la puntuación son fundamentales. No es despreciable, nunca, repasar el valor semántico de la pausa, o sea, el significado de la puntuación.

Por otra parte, hay que saber callar sin ser tácitos y hablar o escribir sin exuberancias inútiles: “debemos configurar nuestro discurso, no sólo con la ejercitación, sino con el punzón [no sólo hablar, sino escribir], el cual máximamente ornamenta y lima tanto a los demás como a éste nuestro […] debemos hacerlo tan sólo para que no se desborde el discurso, para que no divague, para que no se detenga demasiado pronto, para que no se escurra demasiado lejos, para que esté separado en miembros, para que tenga completas sus conversiones [o periodos]” (Acerca…, III: § 190). Pues ─como Cicerón había dicho en la primera parte de la obra─ “el punzón [stilus] es óptimo y prestantísimo forjador y maestro del decir; y no injustamente: pues si al discurso súbito y fortuito fácilmente lo vencen la preparación y la meditación, a estas mismas las superará, sin duda, la escritura asidua y diligente” (I, § 150).

En suma, es fundamental preparar de la mejor manera lo que se va a decir en público, sobre todo si es importante, ¡y mucho más si se va a imprimir!

Ser breve, significa, por ejemplo, no escribir “(véase cuadro núm. 1)”, pues basta “(cuadro 1)”; ser propio y correcto, no escribir “tabla 1”, sino “cuadro 1”, porque “tabla” en español significa otra cosa; tampoco decir, al anotar la fuente de un cuadro o una gráfica, “elaboración propia con base en”, porque todo cuadro, gráfica o figura son de elaboración propia con datos extraídos de la fuente o fuentes. Y cuando se toma un cuadro o gráfica completo de una fuente, debe anotarse “tomado de”, sin modificar en nada el original (a menos que sea necesarísimo y se aclare).

En páginas finales de Acerca del orador Cicerón se refiere a una cierta clase de adornos o figuras de pensamiento y dicción que, afirma, iluminan y amplían el discurso. Ésas son, por ejemplo, la conmoración o volver repetidamente a un punto fundamental, la explanación o repetición de una idea con otras palabras, la brevedad o la irrisión (a ésta dedica varios párrafos del libro II: § 253-289). Destacan, también, la dubitación o duda, la simulación o ironía y la digresión (siempre útil si no se prolonga en exceso y vuelve con puntualidad al tema central). La atenuación, la descripción, la anticipación, el ejemplo, la exclamación, la reiteración, etcétera, etcétera, todas ellas, bien graduadas y empleadas en su máximo rendimiento (pertinencia y precisión) enriquecen y dan fuerza al texto. Le dan, por así decir, brillo y gracia.

Difundir o explicar el conocimiento puede constituir un verdadero placer, y no sólo uno más de los requerimientos de la academia. Forma parte, además, de las tareas obligatorias de la Universidad, y un texto académico bien escrito circula por sí mismo más allá de cualquier territorio especializado, es decir, se divulga solo. Nuestra Universidad vive del erario; no veo un mejor modo de corresponder a la sociedad que le da sustento que ofrecerle a ésta una obra bien hecha y bien escrita. Sin pretextos. Ninguno. No más.

Referencias

-Booth, Wayne C., Gregory G. Colomb y Joseph M. Williams, Cómo convertirse en un hábil investigador, trad. de José A. Álvarez, Barcelona, Gedisa, 2004.

-Buffon, Georges-Louis Leclerc, conde de, Discurso sobre el estilo, trad. de Alí Chumacero, México, UNAM, 2004.

-Cicerón, Marco Tulio, Acerca del orador, 2 vols., trad. de Amparo Gaos, México, UNAM, 1995.

-Day, Robert, How to write and publish a scientific paper, Cambridge, Cambridge University Press, 2005.

-Demóstenes, Sobre la corona, trad. de Carlos Zesati, México, UNAM, 2001.

-Leyva, Juan, “Las claves de la excelencia: investigación, autoría, edición, autocrítica y escritura”, El Correo del Maestro, núm. 229, 2015, pp. 33-45.

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Uso de “mismo que” y “la misma” http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3182 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3182#respond Thu, 31 Mar 2016 23:32:19 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=3182 Juan Leyva

El Diccionario panhispánico de dudas (s.v. “mismo –ma”, 1) y la Nueva gramática… (§§ 13.11n y 44.5u) concuerdan casi del todo en su posición frente al uso de mismo como adjetivo en el nexo relativo mismo que: mientras uno señala que “debe evitarse”, la otra advierte que “no se considera recomendable en la expresión cuidada” y, además, ya existe la forma el cual de igual valor semántico e idéntica función.

Las construcciones puestas en entredicho son del tipo: “se trataba del avión Concorde, mismo que fue diseñado por ingenieros ingleses y franceses”, o “nos presentaron al nuevo abogado, mismo que estudió en Yale…”. La desaprobación tiene su base en que aquí la función de mismo para sustituir al Concorde o al abogado ─es decir, en función adjetival-pronominal─ carecería de sentido, sería redundante y constituiría, por ello, un énfasis gratuito, pues bastaría con que se dijera “…del avión Concorde, que fue diseñado por ingenieros…”, o “el cual fue diseñado por ingenieros…”.

El DPD afirma que se trata de un uso muy extendido en la prosa divulgativa de México y Centroamérica. No indica su fuente, pero podemos suponer que se trata del Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), elaborado por la RAE entre 1975 y 2004 con base en periódicos, revistas, libros y transcripciones de radio y televisión (disponible en la página web de la Academia).

Y en efecto, una búsqueda rápida en el CREA, entre ejemplos tomados de diarios y revistas de los países de lengua española, muestra algunos casos de este empleo de mismo en Centroamérica y numerosos en México, pero prácticamente nada en el resto del continente, si bien la Nueva gramática… señala que también se observa en regiones andinas y rioplatenses (§ 13.11n).

Sin embargo, el otro uso de mismo reprobado por el DPD se puede hallar en textos peninsulares incluso muy cultos. En la introducción a una obra de Cicerón, Sobre el orador, firmada por el propio traductor, leemos frases como la siguiente: “la intervención de Antonio, que ocupa todo el libro II si exceptuamos la intervención de César Estrabón sobre el humor […], tiene en principio como objeto la oratoria como un todo, aunque a lo largo de la misma…”. Y líneas más abajo: “El inicio de la misma […] es espléndido…” (37).

El DPD (s.v. “mismo -ma”, 3) señala que este uso anafórico de mismo o misma “es innecesario y desaconsejable”. A fin de evitar vaguedades, observa, “siempre puede sustituirse mismo por otros elementos más propiamente anafóricos, como los demostrativos, los posesivos o los pronombres personales”. Y añade: así en “criticó al término de la asamblea las irregularidades que se habían producido durante el desarrollo de la misma [ejemplo tomado de El País], pudo haberse dicho durante el desarrollo de ESTA o durante SU desarrollo…”.

En mi opinión, este segundo uso resulta mucho más problemático, porque en él pueden darse casos de vaguedad o indeterminación en cuanto a qué o a quién se refiere el adjetivo mismo (aquí casi en función pronominal). Por ejemplo, en el segmento extraído de la introducción a Sobre el orador la palabra misma podría referirse también a la oratoria y no sólo a la intervención de Antonio en los diálogos relatados por Cicerón. Se trata de un recurso anafórico (alusión a lo ya dicho) que a veces causa mayor indeterminación que la que busca eliminar.

En cuanto al origen de mismo y sus valores semánticos, Alvar y Pottier nos explican: “el pronombre ipse expresaba la identidad, pero desde el momento en que entró en la serie mostrativa, el carácter enfático que la identificación lleva consigo hizo que el simple ipse dejara de funcionar como indicador de identidad. En efecto, el latín conocía formas enfáticas con met, pero en ellas la partícula se posponía a personales y posesivos como se atestigua en Plauto y Salustio (egomet, tutimet, meamet, etc.); sin embargo, el sufijo pasó a ser prefijo a través de combinaciones como temet ipsum, semet ipsum, documentadas en el latín de los comienzos de nuestra era. El pueblo llevó a cabo falsas interpretaciones  y descompuso te metipsum o se metipsum, de tal modo que el gramático Donato condenara la construcción ego met ipse. Como por otra parte, ipsĭmus era forma enfática por ĭpse (testimonio de Salustio), nació un metĭpsĭmus, de donde proceden numerosas formas románicas. En la Península Ibérica las formas enfáticas fueron numerosísimas, sólo en los documentos riojanos de 1037 a 1152 se atestiguan memetipsum, meipsum, me medipsum, en aragonés (1032-1135) recogemos ipsemet, metipse, med ipse, meipsum, ille me ipse, ille meo ipse, memetipsa, tumedipsum, medipso, -os y en leonés (970-1077) meedipsum, medipsos, simediso. Las formas actuales mismo, mesmo remontan a una intermedia meismo” (Morfología…: § 86.1).

A su vez, el Léxico hispánico primitivo (s.v. “mediso”) detecta mediso, medipso, mmedipso, metipso y metypso entre los años 781 y 1135.

En 1492, en su Gramática…, Nebrija señala que “esta partezilla mesmo co[m]ponese con todos los otros prono[m]bres como io mesmo, tu mesmo, el mesmo, si mesmo, este mesmo esse mesmo, el mesmo. Mesmo no añade sino una expressio[n] y heme[n]cia q[ue] los griegos y gramáticos latinos llama[n] emphasi. Y por esta figura dezimos nos otros, vos otros” (libro III, cap. VIII). La edición princeps no lleva acentos, de modo que la palabra el del segundo “el mesmo” debemos leerla como artículo y no como pronombre.

Por otra parte, en su Lexicon hoc est dictionarium…, de idéntica fecha, Nebrija usa mesmo como enfático, pero también como comparativo o identitario: “porque las cosas de que son los vocablos o son perdurables con la mesma naturaleza, o están puestas en solo el uso y alvedrio de los ombres”, y “muchos cada dia me preguntan aquello mesmo que io muchas veces suelo co[n]migo pe[n]sar…” (prólogo, cursivas mías). Además, la fórmula igualatoria o identitaria “por aquello mesmo” abunda en sus equivalencias de palabras.

En este diccionario Nebrija define ipse como pronombre (“ipse, a, um, prenomen por el mesmo”) y met como partícula que significa lo mismo (s.v. “ipse” y “met”). De manera que egomet sumado a ipse o ipsimus vendría a ser un énfasis redoblado o triplicado: yo mismísimo (egomet ipsum) o yo mismisísimo (egomet ipsmimus). No hay duda de que esos énfasis pueden llegar a ser necesarios incluso como rasgo de comicidad, pero a Donato le habrán parecido, más de una vez, no sólo agramaticales sino exageradísimos.

Así, desde la antigüedad clásica y a lo largo de los primeros siglos de la lengua hispana, el valor identitario de mismo en construcciones como “éste es el mismo árbol que se veía desde aquella altura del camino”, o “este y aquel árbol son de la misma especie”, convivió con el valor enfático de construcciones como “yo mismo iré a buscarte” o “este niño es el mismísimo diablo”.

Sin embargo, puede verse que sus valores semánticos no son idénticos al que la palabra mismo adquiere en construcciones como la del Concorde, donde el valor enfático parece tomar un nuevo matiz. En efecto, mismo podría omitirse para dar paso a un sencillo que o al sintagma el cual, o a el mismo que, pero el sentido sería un poco distinto.

Al decir “se trataba del avión Concorde, el mismo que fue diseñado por ingenieros ingleses y franceses”, la diferencia con los otros dos casos estriba en que el interlocutor ya tiene la información que se va a asociar al antecedente, pero no la ha asociado como el hablante busca que lo haga. Idénticos casos son “el equipo de cómputo es el mismo que tenía en mi oficina del centro”, o “este banco es el mismo que donde no te quisieron cambiar dólares”. Por otra parte, si dijéramos “se trataba del Concorde, que fue diseñado…”, o “se trataba del Concorde, el cual fue diseñado…”, renunciaríamos inmediatamente al recurso enfático, es decir, neutralizaríamos el vínculo entre el antecedente y la oración introducida por el relativo y únicamente marcaríamos la continuidad del discurso añadiendo un dato al antecedente.

Aunque el énfasis pudiera resultar ocioso para algunos, la fórmula mismo que mantiene la función enfática de mismo pero, al parecer, con un objetivo de comunicación distinto a los tres anteriores.

En vista de que en México es donde más se encuentra esta nueva forma, hace muy poco María Isabel Echevarría y Chantal Melis ─en su estudio titulado “La formación del nexo relativo mismo que”─ se propusieron entender a fondo el proceso de evolución del nuevo nexo, tan perseguido y condenado por gramáticos, aunque sobre todo por obsesivos y malhumorados del idioma. Para ello se fijaron la meta de dejar clara la diferencia semántica entre mismo que y el cual, y efectuaron su propio recorrido por los significados de mismo a lo largo de la historia de nuestra lengua, con base en el Corpus Diacrónico del Español (también disponible en el sitio de la RAE), donde se recopilan millones de frases extraídas de documentos que van desde los orígenes hasta 1974.

Las autoras elaboran una hipótesis plausible sobre el valor semántico exclusivo, o más característico, del nexo mismo que y, de esa forma, ponderan su validez como nuevo sintagma relacionante. De acuerdo con ellas, en el siglo XIX tiene lugar un reacomodo de los valores de mismo que desemboca, más tarde, en el surgimiento del nexo mismo que, hacia la primera mitad del siglo XX.

Rumbo a la explicación de ese valor semántico, nuestras autoras hacen una analogía entre los nexos el que y que, y el mismo que y mismo que, para mostrar que cuando el antecedente está inmediatamente al alcance del oyente ─o sea, muy ligado a la frase relativa introducida por mismo que─ los hablantes perciben la conveniencia de suprimir el artículo (el), pues resulta obvio cuál es el antecedente.

Cabe insistir en que la presencia de ese el parece necesaria sobre todo cuando se refiere a un rasgo del antecedente ya conocido por el interlocutor, pero que no ha asociado por sí mismo: el artículo confirma la conciencia compartida sobre el dato; en cambio, su presencia en construcciones donde ese dato es del todo nuevo y el interlocutor no identifica por completo al antecedente, no sólo podría ser injustificada, sino que suavizaría la agudeza enfática de mismo, y eso habría influido en la supresión.

Además, dado que con frecuencia mismo acompaña a un deíctico (algún pronombre), ello habría reforzado su capacidad anafórica, uno de los rasgos del pronombre. Cuando el mismo que o lo mismo que, ligados a una oración anterior inmediata, introducen una explicación sobre un sustantivo de esa oración, están ya cargados de la cualidad anafórica de mismo cuando acompaña al pronombre relativo: mayor razón para que el hablante se incline por suprimir el artículo. En tal situación, el género y el número ya están marcados y no hay riesgo de confundir el antecedente.

Por otra parte, aunque a menudo el rasgo igualatorio-comparativo de mismo, sin dejar de ser enfático, relaciona dos oraciones de manera que una añade un dato respecto al sujeto u objeto de la otra, ello no siempre es así, y a veces la función de mismo deja de ser igualatoria y destinada a ilustrar al oyente con algo conocido para que entienda algo desconocido, y más bien añade un dato no comparativo sino ampliador de la identidad del sujeto u objeto aludido. En este último caso, el énfasis tiende a colocarse por encima de la cualidad igualatoria de mismo.

Así, poco a poco fueron teniendo lugar estructuras donde “mismo ya no pone en relación a dos entidades independientes […], sino que la comparación incide en dos representaciones o dos manifestaciones de un solo individuo”, particularmente cuando “el hablante juzga necesario añadir la relativa […] porque duda que el oyente pueda identificar al referente con base en la sola mención del nombre propio” (“La formación…”: 190, 191), y concibe, entonces, la fórmula fulano de tal, mismo que…

Más tarde ─observan Echevarría y Melis─, cuando, a pesar de que el escucha tuviera bien identificado el antecedente, el hablante quería de cualquier forma realzar una cualidad de dicho antecedente y enunciarla de inmediato, el valor identificativo de mismo retrocedió aún más ante el enfático, para, finalmente, dar paso a estructuras donde “las oraciones introducidas por el mismo que poco o nada contribuyen a la caracterización del antecedente de la relativa” (194), y sólo parecen buscar la permanencia de ese antecedente en la actualidad del discurso, en la mente del interlocutor. Es decir, se convierten en mero énfasis sobre el antecedente. Este proceso se acentúa hacia la primera mitad del siglo XX. Ello, junto con la supresión del artículo, conduciría, finalmente, a nuestro nexo.

En suma, cuando el hablante busca destacar un rasgo del antecedente recurre a mismo (en vez del relativo que en solitario), y de esa manera no sólo subraya la íntima relación entre las dos oraciones, sino que también acentúa la importancia del antecedente y la del enunciado que lo modifica enseguida, recurriendo al valor enfático, aunque sea mediante una construcción atípica…  y para muchos innecesaria. Por último, en un giro extra, recurre al término mismo como simple operador fático, o sea, para mantener la atención del escucha sobre el antecedente.

Con mayor puntualidad, Echevarría y Melis escriben: “para entender cómo opera la alternancia [entre el cual y mismo que], conviene partir de la idea de que la función definitoria de un intensificador, como mismo, consiste en atribuir al elemento de la cláusula al que modifica ‘el más alto grado de resalto o centralidad’. Desde esta perspectiva, puede esperarse que los hablantes seleccionen mismo que en los casos en que pretenden comunicar algo acerca del referente que les parece, subjetivamente, valioso (subjetiva evaluativa) o cuando pretenden condensar el interés en la entidad topical (relativa continuativa), y reserven el cual para contextos discursivos más neutros” (“La formación…”: 201).

Así, la fórmula el cual sólo marca identidad y continuidad; en cambio, la de mismo que introduce con énfasis una relativa que resaltará algún aspecto del referente o buscará mantener la atención del interlocutor sobre aquél. Toca al buen juicio evaluar si también por escrito este recurso resulta funcional y necesario, o si la escritura posee otros mucho más adecuados para hacerse redonda, clara y consistente.

En tanto recurso de subjetivización que afecta a la gramática, los normativistas lo han rechazado, como también otros recursos orales que añaden matices al discurso no siempre por medio de palabras sino de rasgos fónicos que contribuyen a dar a la expresión una carga personal, es decir, propia de un sujeto específico de la enunciación, en un contexto también muy específico y para un interlocutor no menos singularizado. Por el contrario, la escritura buscaría casi siempre un interlocutor más numeroso, abstracto y en contextos más generales, donde la lógica discursiva se sitúa por encima de la subjetividad del emisor.

El caso de mismo que sería, pues, una sintagmatización de un recurso pragmático subjetivizante. Su presencia en el español de América en el último siglo ─pese a la dificultad con que se ha ido colocando al lado de la norma─ indica un cambio de esos que ocurren cada tanto en las lenguas vivas, si bien, como concluyen Echevarría y Melis, estamos lejos de saber cuál pueda ser su futuro entre el conjunto de nexos relacionantes, y todavía en estudios como los de Palacios (1983) o Leñero (1990) no estaba siquiera considerado.


Referencias

-Alvar, Manuel y Bernard Pottier, Morfología histórica del español, Madrid, Gredos, 1987.

-Cicerón, Sobre el orador, intr., trad. y nn. de José Javier Iso, Madrid, Gredos, 2002.

-Echevarría, María Isabel y Chantal Melis, “La formación del nexo relativo mismo que”, en Ch. Melis y Marcela Flores (eds.), El siglo XIX: inicio de la tercera etapa evolutiva del español, México, UNAM, 2015, pp. 173-207.

-Lapesa, Rafael, con la colaboración de Constantino García, Léxico hispánico primitivo: versión primera del Glosario del primitivo léxico iberorrománico (proyectado y dirigido originalmente por Ramón Menéndez Pidal, ed. al cuidado de Manuel Seco), Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal/Real Academia Española/Comunidad de Madrid/Espasa Calpe, 2008.

-Leñero, Carmen, Elementos relacionantes interclausulares en el habla culta de la ciudad de México, México, UNAM, 1990.

-Nebrija, Elio Antonio, de, Gramática de la lengua castellama, Salamanca, 1492, en Biblioteca Digital Mundial, Library of Congress/UNESCO, disponible en red.

-Nebrija, Elio Antonio, de, Lexicon hoc est dictionarium ex sermone latino in hispaniensem, Salamanca, 1492, est. introd. de Germán Colón y Amadeus J. Soberanes, Barcelona, Puvill, 1979 (ed. facs.).

-Palacios, Margarita, Sintaxis de los relativos en el habla culta de la ciudad de México, México, UNAM, 1983.

-Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario panhispánico de dudas, Madrid, Santillana, 2005.

-Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, Nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa, 3 vols., 2009-2011.

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Seminario: Discurso y conocimiento. Análisis de estructuras conceptuales http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=2281 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=2281#respond Tue, 20 Oct 2015 19:08:59 +0000 http://www.iisue.unam.mx/boletin/?p=2281 Seminario: Discurso y conocimiento. Análisis de estructuras conceptuales

Coordinador: Miguel Ángel Campos Hernández

28 de octubre y 4, 11 y 18 de noviembre de 2015, 11:00 a 14:00 hrs., salas A y B cuarto piso del IISUE, Centro Cultural Universitario, CU. Más 13 horas no presenciales.

Dirigido a estudiantes de maestría o doctorado en educación/pedagogía (o área afín, que trabajen temas educativos) y profesores de educación media superior o superior.

Cupo limitado. Previa inscripción sin costo.

Informes e inscripciones: campos@unam.mx

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